Ocho y cuarto de la noche. Todavía hay sol en Londres, pero en el estadio de Wembley las luces ya están encendidas. Mientras suenan los primeros acordes de Hello y la voz de Liam empieza a entonar “I don’t feel as if I know you…”, el extraño del asiento de al lado me abraza como si fuéramos amigos de toda la vida y me susurra/grita al oído:
—Let’s go chad! (“¡Vamos, amigo!”).
Lo siguiente que sé es que saltamos y cantamos abrazados ese y varios temas más durante las dos horas del recital de Oasis. Años de espera y de incertidumbre se han terminado. Los Gallagher están de vuelta.
No pongas tu vida en las manos de una banda de rock
No sabría contar nuestra historia completa con Oasis. Solo tengo flashes. La primera vez que vimos a uno de los hermanos en vivo fue en 2017 en Rosario, cuando Noel giraba con su banda solista, los High Flying Birds. Del recital solo recuerdo que, en determinado momento, un fanático le pidió a Noel que tocara Live Forever y él, con su “simpatía” habitual, le contestó:
—Cantala vos.
De más está decir que el fanático, acompañado por otros, lo hizo, y fue el mejor momento del recital.
Volvamos a Londres.


Conseguir entradas para el regreso de Oasis fue una tarea casi imposible, que ya detallé brevemente en este artículo sobre Andorra. Conseguir hotel no fue tan difícil pero sí bastante caro, porque los caranchos londinenses aumentaron dramáticamente los precios para esas fechas. Así, incluso con un presupuesto bastante holgado para nuestros estándares, apenas pudimos conseguir un cuarto de dos por dos en una de esas típicas casas inglesas adaptadas como alojamiento, con una escalera estrechísima y una cama de plaza y media.
Volar a Londres también costó lo suyo. Teníamos que salir a las 8 de la mañana del viernes, pero al despertarnos a las 5 nos avisaron que el vuelo estaba cancelado. Por suerte había margen (el recital era el sábado), y nos reprogramaron para el mismo día a las dos de la tarde. Llegamos con el tiempo justo de acomodarnos en nuestro hotel de precio inflado y caminar hasta un pub cercano para encontrarnos con Agus, amigo de la lejana Rawson asentado en la capital inglesa.
El sábado a la mañana lo dedicamos a pasear por algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, como Oxford Circus, Piccadilly, Carnaby Street y la ribera del Támesis. Por todos lados se veía gente con remeras y pilusos de Oasis, y las referencias al recital llegaban hasta sitios tan mainstream como los led de Piccadilly y las tiendas oficiales de Levy y Adidas, marcas con las que la banda hizo un acuerdo comercial para fabricar merchandising. No sé muy bien qué pensar sobre que una banda de rock tradicionalmente asociada a la clase obrera inglesa firme convenios de exclusividad con este tipo de empresas, y que en cambio no se encontrara ni una remera o piluso trucho en la calle. Supongo que me genera la misma incomodidad que el precio desmedido de algunas de las entradas que salieron a la venta. Pero, al fin y al cabo seguimos en el siglo veintiuno, y esto es un gran negocio que nadie se quiere perder. De hecho, no a mucha gente parecía quitarle el sueño esta idea, porque las colas para entrar a las tiendas daban vuelta la cuadra.


A las cinco de la tarde nos encontramos en King’s Cross (misma estación de la que sale el Hogwarts Express en Harry Potter) con Magda, la amiga polaca de Ro que tuvo la suerte de conseguir las entradas, y la generosidad de cedernos dos. Subimos a un vagón de subte lleno a reventar, con gente que desafiaba la prohibición de beber en el transporte público y coreaba clásicos de Oasis. Bajamos en la estación Wembley Park, desde donde caminamos por una ancha avenida peatonal rumbo al estadio, solemne en el fondo, con una imagen gigante de Liam y Noel. La manija era total.
Wembley es el estadio más moderno que yo haya conocido (tampoco es mucho para alguien que ha ido a la cancha mayoritariamente a ver a Newell’s y a Germinal). Tiene escaleras mecánicas para llegar a los pisos más altos, y bares donde se accede escaneando la tarjeta de débito y una vez adentro alcanza con agarrar lo que vas a llevar y salir. El escenario, en contraste, era humilde. El tradicional rectángulo de madera, tres pantallas, algunas luces, y el logo de Oasis en blanco y negro.

Nosotros hubiésemos preferido estar en campo, pero la altísima demanda de entradas nos obligó a conformarnos con una platea en el tercer anillo del enorme estadio, donde caben noventa mil personas. Al menos pudimos esperar sentados hasta el momento de Oasis, tomando una cerveza y escuchando a los teloneros de la noche: Cast y Richard Ashcroft (el de The Verve, que tocó algún tema propio y cerró con Bittersweet Symphony).
Con puntualidad inglesa, Liam y Noel subieron al escenario a la hora anunciada. Lo hicieron caminando de la mano, cuestión que todavía se debate en redes si es espontánea o está guionada. La verdad es que, presenciando en vivo ese momento, nosotros preferimos dejarnos llevar por la magia del reencuentro tan esperado.
Después de la mencionada Hello, siguieron con Acquiesce, una especie de idea no expresada sobre la relación de los hermanos: “Because we need each other / We believe in one another” (“Porque nos necesitamos / Creemos el uno en el otro”). Enseguida encadenaron con Morning Glory, nuestra canción favorita de Oasis, y que en tantos años de seguir a los hermanos solistas nunca habíamos podido escuchar en vivo. La siguiente fue Some might say, que tiene una de las frases que más me gustan de la banda: “Some might say they don’t believe in heaven, go and tell it to the man who lives in hell” (“Algunos dicen que no creen en el paraíso… andá y decíselo a aquel que vive en el infierno”).
Luego vino Bring It On Down, un himno a la clase trabajadora (“You’re the outcast, you’re the underclass” | “Sos el marginado, sos la clase baja”), para que enseguida Liam nos pidiera que le diéramos la espalda al escenario y nos abrazáramos con el de al lado para el pogo de Cigarettes & Alcohol, canción que le dedicaron al Diego cuando la tocaron en Argentina en 2006 (Liam solista también le dedicó Live Forever en 2022). Fue el tema con más agite en las dos horas de concierto, con todo el estadio saltando al ritmo del riff que Noel le choreó a T. Rex, cosa que él admite abiertamente.

Las dos canciones que siguieron están en las antípodas de las temáticas en las letras de Oasis: lo profundo y reflexivo, con Fade Away (un tema sobre crecer y perder la inocencia de la niñez); y lo lisérgico y gede, con Supersonic (un temazo, aunque básicamente habla de pegársela con la falopa).
El segmento terminó con Roll with it, otro hitazo para saltar, donde tomé la iniciativa y abracé a mi compañero de fila para agitar juntos una vez más. Después de esto, Liam abandonó el escenario y dejó a Noel y a la banda solos para hacer tres canciones que el mayor de los Gallagher canta en los discos: Talk tonight (donde, increíblemente, se lo vio al borde de las lágrimas), Half the world away (nuestra tercera canción favorita de Oasis) y Little by little.
Liam volvió con todo para D’You Know What I Mean?, Stand by Me y la hermosa y profunda Cast No Shadow: “Bound with all the weight of all the words he tried to say / Chained to all the places that he never wished to stay” (“Cargado con el peso de todas las palabras que intentó decir / Encadenado a todos los lugares donde nunca quiso quedarse”).

Incluyeron también Slide Away, una canción de amor que, sin embargo, en mi interior asocio a la historia de los Gallagher y Oasis: “Two of a kind / We’ll find a way / To do what we’ve done” (“Dos del mismo estilo / Encontraremos una forma / De hacer lo que ya hicimos”).
Siguieron con Whatever, una oda a la libertad bien entendida (“You’re free to be whatever you / Whatever you please” | “Sos libre de ser lo que quieras / Lo que desees”), y la negada en Rosario Live Forever, nuestro segundo tema favorito de Oasis: “Maybe I just wanna fly / Wanna live, I don’t wanna die” (“Quizás solo quiero volar / Quiero vivir, no quiero morir”).
Decir que de ahí hasta el final fueron solo temazos sería mentir, porque la verdad es que la lista completa no tuvo desperdicio. Gustos al margen, el set estuvo muy bien y no dejó casi ningún hit afuera, quizás a excepción de Stop Crying Your Heart Out. Pero, en fin, volvimos al pogo con Rock ‘n’ Roll Star y bajamos un poco para la recta final: The Masterplan (extrañé los violines en vivo) y los clásicos de clásicos Don’t Look Back in Anger, Wonderwall y Champagne Supernova. En mi opinión, podrían haber cerrado el recital un pelín más arriba, pero, de nuevo, nada que reprochar.

Con los últimos acordes aún en el aire, los hermanos Gallagher se dieron un abrazo (¿espontáneo? ¿guionado? A quién carajo le importa. Yo compro) y se despidieron. Quedamos entre afónicos, extasiados y emocionados.
Fue todo lo que esperábamos, y más. Liam y Noel se vieron mucho más activos y contentos que en cualquiera de las presentaciones previas donde los habíamos visto, y el público estuvo a la altura, con agite decente y un sólido conocimiento de los temas.
Me despedí de mi nuevo amigo con un choque de manos y un “hasta el próximo recital”, aunque sé que nunca más nos volveremos a ver. La caminata hasta la estación de subte fue larga y lenta pero, para amenizar el momento, uno de los guardias de seguridad pasaba temas de Oasis en su celular, amplificados a través del megáfono. Y todavía nos quedaba voz para cantar un poco más.
La felicidad, a veces, puede sintetizarse en cosas tan simples como compartir un estribillo abrazado a un extraño, a medio mundo lejos de casa.










Amo los recitales multitudinarios, tanta energía junta. La puedo sentir en este relato.