Turismo made in China – Viajar en el país más poblado del mundo

Nos encontramos en lo alto de Huangshan, una cadena montañosa de 1800 metros de altura. Madrugamos para llegar temprano, así que andamos subiendo y bajando escaleras desde las seis de la mañana; y sin desayunar. En este momento, solo puedo pensar en lo mucho que me gustaría tomarme un café bien cargado. Pero claro, hay dos poderosas razones que no lo hacen posible: una, estamos en China, la tierra del té, donde el café escasea; y dos, estamos en lo alto de una montaña en el interior del país.

Pero de pronto, lo que parecía una quimera se materializa frente a mis ojos: un Costa Coffee, la cadena británica de café que tiene locales por todo el mundo. Genial, pero no tenemos efectivo ni tarjetas chinas que funcionen acá. Bueno, en realidad no es un problema porque, como en el resto de China, aceptan pagos por QR. ¿Y cómo hacemos para comunicarnos en chino? Ah, perfecto, el menú también está inglés.

Finalmente, con mi café en mano, me uno a los miles de chinos que contemplan un amanecer impresionante sobre las montañas. En estos breves cinco minutos, experimentamos todo lo que la nueva China tiene para ofrecer.

La habitación de la mente y tiempo

En Dragon Ball hay un cuarto especial, donde un año dentro equivale a un día en la Tierra. Una comparación similar podría establecerse entre China y los países de Occidente. Pasaron poco más de diez años desde nuestra primera visita, en 2014, pero en China parecen cincuenta. Casi todo ha cambiado, y casi todo para mejor.

De entrada, ni siquiera tenemos que pasar por el engorroso proceso de aplicar para una visa de turismo. En su momento, tuvimos que presentar un plan detallado de cómo íbamos a llegar e irnos, dónde nos íbamos a quedar noche por noche y un montón de información más. Desde 2025, en cambio, Argentina se beneficia de una visa libre de turismo de treinta días, con lo cual no hace falta hacer absolutamente nada antes de llegar.

Nos sorprende también que gran parte de la cartelería pública está en inglés. En los aeropuertos, estaciones de trenes y subtes, en las calles y hasta en las rutas. Los chinos en sí siguen sin hablar mucho inglés, pero la tecnología ha ayudado a salvar este inconveniente. Lo que en 2014 era perderse en las intrincadas calles de la parte vieja de Beijing, o irse de un restaurante sin poder hacer el pedido, hoy se arregla con una simple traducción instantánea con el smartphone.

Beijing

Nada de esto, sin embargo, significa que China se haya “occidentalizado”. Hay McDonald’s, sí, pero gran parte de su oferta está adaptada al mercado local, con productos como las hamburguesas de pato o el choclo. Lo mismo pasa con el turismo. La señalización está en inglés y nadie parece sorprendido de ver rostros diferentes en los distintos lugares, pero casi el total de los turistas son chinos. No aprenden inglés porque simplemente no tienen la necesidad; con el mercado interno alcanza y sobra.

Que haya un Costa Coffee en la cima de Huangshan dice más sobre la idiosincrasia china que sobre un supuesto intento de complacer a los pocos turistas occidentales que llegan hasta acá. Lo mismo pasa con los puestos de comida, los baños públicos y las tiendas de recuerdos que aparecen cada pocos metros: todo pensado para que nadie tenga que renunciar a ninguna comodidad. El chino medio quiere disfrutar de paisajes espectaculares y, al mismo tiempo, no perder la rutina urbana. China es probablemente uno de los pocos destinos que conocemos donde nunca nos quedamos sin señal de teléfono y siempre hay un baño limpio y gratuito a mano. Viajar a la manera china tiene sus ventajas.

La montaña en hora pico

Nuestra visita a Huangshan coincide con la llamada “Semana Dorada”, un período de vacaciones nacionales que conmemora la fundación de la República Popular China en 1949. Durante estos días, millones de chinos aprovechan para viajar, ya sea para explorar el país o visitar a sus familias en lugares lejanos. Para tener una idea de la magnitud: en un país de mil quinientas millones de personas, en 2024 se registraron 765 millones de viajes.

Decir que es mucha gente movilizándose es poco. En la montaña es casi imposible estar solos. Hay momentos donde incluso hay atascos de personas por un sendero que lleva a un mirador. De todas maneras, el paisaje es tan amplio que alcanza para todos. Y la infraestructura también ayuda: hay muchísimos senderos, muchísimas plataformas, muchísimos medios de transporte para llegar. Por momentos da la sensación de que el colapso es inminente, pero nunca llega a suceder.

Elegimos pasar la noche en uno de los hoteles que están en lo alto de la montaña. No es una opción barata para los estándares chinos, pero permite disfrutar del atardecer y el amanecer desde las alturas, algo imposible si uno se va antes del cierre del parque, a las cinco de la tarde. No es la única alternativa: también se puede alquilar una pequeña carpa en una explanada, o directamente recostarse contra un árbol y dormir ahí mismo, sin más trámite. China tiene esa extraña dualidad de parecer un país donde hay una estructura para todo, y al mismo tiempo dar la sensación de que se puede hacer lo que a uno se le antoje.

Ya instalados en la habitación, recibimos un mensaje de la recepción con información detallada sobre el atardecer: la hora exacta, el mejor punto para verlo, la velocidad del viento y la probabilidad de observar el llamado “océano de nubes” (45 por ciento), el fenómeno que ocurre cuando una capa densa de nubes se forma a baja altitud y, desde arriba, parece un mar blanco que cubre todo el paisaje.

Le hacemos caso al hotel y vamos al punto recomendado. Está muy nublado y no parece que vayamos a ver nada. De vez en cuando sopla el viento, amaga con despejar el cielo y, por un instante, se adivina la silueta del sol, que enseguida vuelve a esconderse. El atardecer pasa con más pena que gloria. Casi al final, aparece un policía que se pone a conversar con unos turistas chinos. De pronto escuchamos exclamaciones de asombro y pensamos que el cielo, al fin, se había abierto. Pero no: era el policía mostrándoles en su teléfono lo impresionante que puede ser el océano de nubes.

Esperando el atardecer que nunca llegó

Esa noche, el hotel vuelve a escribirnos, esta vez con la información sobre el amanecer. De nuevo, anuncian un 45 % de probabilidades de ver el océano de nubes. A esa altura ya sospechamos que ese 45 % es un eufemismo para “no se va a ver un carajo”. También informan que hay una caminata guiada al mirador que sale a las 4:40, pero no hay forma de que nos levantemos tan temprano. Preferimos dormir un poco más y arrancamos a las 5:15. Son apenas quince minutos cuesta arriba, pero nuestras piernas están destruidas después de la paliza del día anterior.

Cuando llegamos, entendemos por qué el hotel sugería salir antes: el mirador está lleno a reventar. De todas maneras, está muy nublado y no se ve nada. El viento empuja las nubes con fuerza, pero detrás llegan otras aún más densas. De vez en cuando se abre un resquicio, se asoma un poco de cielo celeste y un destello anaranjado, y entonces se escucha un coro colectivo de “oooh”, seguido por una ráfaga de disparos de cámaras.

El pueblo LED

Ya del todo inmersos en la Semana Dorada china, llegamos a Fenghuang, una pequeña localidad en la provincia de Xiangxi, cuyo mayor atractivo es su casco antiguo: un conjunto de casas de madera sobre pilotes, perfectamente conservadas, que se alzan a orillas del río Tuojiang. Lo de “pequeña” hay que entenderlo en escala china, ya que Fenghuang tiene unos cuatrocientos mil habitantes.

Llegamos de noche y el pueblo/ciudad es un hervidero de gente, con filas hasta para cruzar los puentes peatonales sobre el río. El pueblo antiguo y tradicional que esperábamos está lleno de luces led, bares con música en vivo e infinidad de fotógrafos haciendo sesiones a turistas vestidos con trajes típicos de las etnias locales. Como descubriremos una y otra vez durante el viaje, hacerse fotos con ropa tradicional es una verdadera pasión nacional.

El ambiente parece sacado de una distopía de ciencia ficción: láseres que surgen desde la otra orilla iluminan el cielo, y un humo artificial simula niebla sobre el agua. Ni la pagoda del siglo dieciocho se salva: unas luces multicolores la atraviesan desde la punta hasta la base. Ya se sabe, la dinastía Qing siempre tuvo debilidad por los LED.

Yo entiendo que son muchos y que necesitan servicios, y también que al turista chino promedio le gusta la onda “parque temático”, pero creo que en Fenghuang se les fue la mano. Para mí, la gracia de visitar una antigua aldea tradicional es justamente ver todo más austero, silencioso y tranquilo. Si quiero luces y música, prefiero ciudades como Shanghái o Chongqing.

En cualquier caso, a la mañana siguiente Fenghuang se muestra más amigable. Sin luces, con muchos comercios cerrados y menos gente, el pueblo recupera cierta calma. Podemos apreciar mejor su arquitectura antigua y el paisaje montañoso que la rodea, y entonces nos termina gustando. Como recuerdo, compramos una funda de almohadón con un colorido fénix, símbolo de la ciudad. Nos parece una metáfora perfecta: después de la alocada noche de leds y música, la vieja aldea tradicional resurge como el fénix durante el día.

Vamos a buscar las esferas del dragón

En Guilin viven casi dos millones de personas, pero aun así ocupa el puesto ochenta y cinco (!) entre las ciudades más pobladas de China. Es uno de los destinos turísticos más populares del país gracias a su paisaje de formaciones kársticas, esas montañas de piedra que emergen del suelo en formas raras, cubiertas de vegetación.

Pese a la Semana Dorada y las multitudes, nos lleva solo diez minutos encontrar nuestro camino en el muelle de Guilin y subir al barco que reservamos para navegar por el río Li y ver de cerca las montañas. Como en otras experiencias del viaje por China, al principio parece que avanzaremos en fila india de cruceros durante las cuatro horas que dura el trayecto hasta Yangshuo, nuestro destino. Pero, en algún punto y sin saber muy bien por qué, el resto desaparece y quedamos solos en medio del río.

Se dice que este paisaje inspiró a Akira Toriyama, creador de Dragon Ball, para los paisajes de sus primeras historias, especialmente la zona donde vivía Goku con su abuelo. En general, hay mucha influencia visual de la China rural en la primera parte de Dragon Ball.

Para los chinos, sin embargo, la mayor referencia de la zona no es Dragon Ball sino el billete de veinte yuanes, donde aparecen dibujados el río Li y las montañas kársticas. Cuando el barco pasa por el punto aproximado, lo anuncian por altavoz y todos los pasajeros suben al deck superior para intentar recrear la imagen.

Guilin
Buscando la toma del billete de 20 yuanes

La tranquilidad del río termina de golpe al llegar a Yangshuo. Ahí sí se siente el rigor de la Semana Dorada, con calles desbordadas de peatones, minibuses y motos. El “pueblo” (trescientos mil habitantes) tiene una vibra similar a Fenghuang, con una mezcla de tiendas de todo tipo, desde Nike y McDonald’s hasta puestos de artesanías étnicas y academias de kung fu.

Después de dar un par de vueltas, alquilamos unas bicicletas para recorrer los alrededores. Nos lanzamos al caótico tráfico de Yangshuo, primero un poco tímidos, pero enseguida le agarramos la mano y empezamos a movernos con casi la misma naturalidad que los chinos.

En determinado momento llegamos a una calle completamente bloqueada, donde ni siquiera los peatones pueden avanzar entre la marea de autos, motos y carritos de golf llenos de turistas. Después de unos diez minutos de caos, esquivando vehículos y zigzagueando entre bocinazos, logramos salir. Y, como ya parece ser la norma en China, apenas cruzamos un puente y doblamos en una calle lateral, estamos completamente solos.

El paseo nos lleva entre montañas kársticas, el río Li y pequeños pueblos que se levantan junto a su cauce. Para disfrutar del paisaje hay todo tipo de opciones: paseos en globo aerostático, parapente motorizado y hasta surf eléctrico sobre el río, en unas tablas que se elevan a pocos centímetros del agua.

Cuando empieza a caer el atardecer, emprendemos el regreso en bicicleta hacia Yangshuo. El tráfico está casi tan cargado como al principio, pero al menos fluye. Tiene esa lógica interna que ya habíamos visto en Vietnam, donde casi nadie respeta las reglas formales (semáforos, pasos peatonales, giros), pero todos parecen conocer un código invisible que hace que nadie choque ni se insulte.

Observar el arroz crecer

El segundo imperdible de la zona de Guilin son los arrozales de Longji, unas terrazas escalonadas que trepan por las laderas de las montañas formando un patrón casi perfecto. Los primeros trabajos comenzaron alrededor del año mil, con el objetivo de aprovechar cada metro de tierra cultivable en un terreno abrupto y empinado.

Para ir a ver los arrozales, contratamos una excursión que nos pasa a buscar temprano por el hotel. Somos los únicos no-chinos en un grupo de ocho pasajeros, lo cual a esta altura ya no nos sorprende, porque sabemos que el turismo en China es un 99% nacional. Ellos son tantos y tienen tan buen poder adquisitivo que no nos necesitan. Por eso también, toda la estructura turística no está tan orientada al extranjero como en lugares como Tailandia o Indonesia.

Como buen tour grupal, hay varias paradas antes de llegar al destino por el que uno realmente compró el paquete. La primera es un museo dedicado a la etnia Hong Yao y a la costumbre de sus mujeres de dejarse crecer el pelo hasta longitudes insólitas. El promedio ronda el metro sesenta, aunque algunas superan los dos metros de largo.

La segunda parada es para comer, claro. En China, alimentarse no es solo una necesidad biológica, sino un eje fundamental de la vida social y cultural. Comer bien se asocia con bienestar, armonía y respeto hacia los demás. Las comidas son momentos de encuentro familiar, de celebración y hasta de negociación. Preguntar “¿ya comiste?” es, de hecho, una forma común de saludo cotidiano, lo que refleja hasta qué punto la comida está entrelazada con la vida diaria y las relaciones humanas.

Después del almuerzo, volvemos a la trafic y seguimos hacia los arrozales, pero enseguida el tráfico se vuelve insostenible. Avanzamos de a centímetros, y nuestro conductor ni siquiera puede poner segunda. Un trayecto de cuatro kilómetros termina llevándonos dos horas.

Tras un momento de deliberación colectiva, los otros pasajeros del tour se bajan de la van y empiezan a caminar entre los autos detenidos, montaña arriba. El conductor escribe algo en el celular y nos lo traduce:

—Hay un pequeño atasco de tráfico.

Por algo el chino es un pueblo famoso por su paciencia y optimismo.

Nos explica además que estamos a cien metros de un mirador, y que nos recomienda caminar. 

Una vez en las escaleras que llevan al mirador, dudamos sobre qué hacer. No queremos separarnos del grupo porque no sabemos qué será de nosotros para volver a Guilin, así que nos pegamos a ellos como estampilla. La mayoría se queda deliberando antes de subir, sin decidirse. Pero una mujer, a la que apodamos “la tía”, porque es resuelta y viaja sola, como mi tía Susana, se separa del grupo y se manda al mirador. Nos apresuramos a seguirla, y durante un buen rato paseamos por las terrazas de arroz sin perderla de vista.

En un momento, sin embargo, la perdemos. Ro vuelve al último lugar donde la vimos, creyendo que era el baño, pero al llegar se da cuenta de que en realidad es un estudio fotográfico, y la Tía está esperando que le entreguen una foto que le sacó un fotógrafo profesional. Sin tiempo de retroceder, se la encuentra de frente. ¡Una vergüenza! Poco después, quizás por amabilidad o porque está cansada de que la sigamos, nos sonríe y nos dice algo en chino, como dándonos a entender que podemos recorrer tranquilos, que hay tiempo.

Las vistas de las terrazas de arroz son impresionantes. Muy parecidas a las de Sapa, en Vietnam, aunque con un color más amarillento, propio de la época previa a la cosecha. Además, como todo en China, las dimensiones y la infraestructura son mucho mayores. Por toda el área se ven pequeñas aldeas turísticas, hoteles, miradores y hasta un teleférico que sube a la montaña.

Unas dos horas después emprendemos el regreso a Guilin. El tráfico para subir a la montaña sigue siendo imposible, pero el camino de bajada fluye. Después de un rato, pasamos por un mirador espectacular donde empieza a verse el atardecer, y la Tía convence al chofer de detenerse unos minutos. La Tía, como la mayoría de sus compatriotas, nunca pierde la oportunidad de sacar una buena foto.

La foto de la Tía

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