La infraestructura como relato

En la estación de Chongqing, un tren bala se detiene con un silbido apenas audible. Exactamente dentro de tres minutos saldrá hacia Chengdu, con sus dieciséis vagones impecables, asientos amplios, wi-fi, baños y enchufes individuales. En el andén, una mujer pasa una mopa aunque no haya nada que limpiar.

A esa hora, cientos de trenes similares cruzan el país a más de trescientos kilómetros por hora, conectando ciudades que hace veinte años apenas existían. La infraestructura no es solo parte del paisaje: es el paisaje. Un país entero urbanizado en tiempo récord, donde todo parece diseñado para recordarte que China no improvisa.

¿Qué es esto? ¿Lo puedo construir?

Durante las tres semanas que pasamos en China, nuestro medio de transporte predilecto fue el tren. Las ventajas respecto a los vuelos son muchas: más baratos, más flexibles y más cómodos. Está, claro, el inconveniente del tiempo, pero si uno considera lo temprano que hay que estar en el aeropuerto, y lo lejos que en general quedan estos de la ciudad, se compensa un poco. Además, los trenes en China casi que “vuelan” sobre los rieles, alcanzando una velocidad de 350 kilómetros por hora.

Viajando en tren de primera clase

Para darnos una idea, en 2007 China no tenía trenes de alta velocidad. La primera línea de este tipo se inauguró en agosto de 2008, justo antes de los Juegos Olímpicos. Hoy, menos de veinte años después, el país tiene más de 45 mil kilómetros de líneas de alta velocidad, que representan dos tercios del total mundial. Y no se trata solo de conectar lugares como Beijing y Shanghái, sino que los trenes bala chinos llegan a lugares tan remotos como Harbin en el norte, Urumqi en el oeste y Kunming en el sur. 

El tramo más largo que hicimos en tren fue desde Xian a Zhangye, unos 1150 kilómetros. Esta distancia, que en un colectivo en Argentina demora unas dieciocho horas y cuesta alrededor de setenta dólares, en China nos llevó apenas seis horas y media por solo cincuenta dólares. Y no se trata solo de ponderar las vías, sino también cómo están construidas, ya que a lo largo de estos kilómetros atraviesan una infinidad de puentes, túneles y viaductos que desafían el relieve del paisaje.

Lo de los trenes no es un caso aislado. En las grandes ciudades, el subte es extenso, fácil de usar y extremadamente barato. El pasaje estándar cuesta entre dos y cuatro yuanes (treinta a sesenta centavos de dólar), y en Hangzhou, donde lo usamos para ir al aeropuerto, pagamos el pasaje más caro: diez yuanes (un dólar con cincuenta), la mitad de lo que cuesta el boleto más barato en Dinamarca. Por supuesto que tiene aire acondicionado (algo inexistente en el país europeo), y está lleno de modernas pantallas led con información sobre cada parada, mostrando, por ejemplo, dónde están las escaleras mecánicas, los ascensores y los baños.

Un baño público

Pero si hablamos de infraestructura, el área donde más se ha invertido es claramente la vivienda. En los últimos veinte años, China construyó más viviendas que el resto del mundo combinado, provocando que muchos lugares pasaran de ser pueblos industriales o aldeas pesqueras a megaciudades de más de diez millones de habitantes.

Viajando por China, muchas veces tuvimos la sensación de estar en el medio del SimCity, ese videojuego de los años noventa en el que podíamos construir nuestra propia ciudad. Miles de edificios idénticos se alinean unos junto a otros, con una altura estándar de treinta pisos, casi siempre en tonos ocres y rodeados de un área parquizada. 

Este tipo de urbanismo se expandió rápidamente desde los años dos mil, impulsado por la urbanización masiva de China. Las empresas constructoras suelen ser privadas, pero obtienen derechos temporales de uso del suelo, que pertenece por completo al Estado.

La construcción intensiva fue uno de los pilares del gran logro chino del último siglo: la pobreza cero. Desde 1978, alrededor de ochocientos millones de personas dejaron atrás la pobreza extrema en el país. Esto no significa que no haya desigualdad ni personas con bajos ingresos, pero sí que en China nadie vive en la calle ni se muere de hambre.

Reubicar a millones de personas en lugares con mejor infraestructura e invertir en las zonas más remotas para reactivar la economía fue clave para alcanzar este hito inédito, en un territorio cuatro veces más grande y con una población treinta veces mayor que Argentina.

Con semejante boom de infraestructura, nunca dejó de llamarnos la atención lo limpio que estaba todo. Si en nuestra primera visita, en 2014, no pudimos ver el sol, esta vez la cantidad de días con cielo celeste fueron la mayoría. Los niveles de contaminación se han reducido drásticamente, gracias a la disminución de la dependencia del carbón, la renovación de plantas industriales obsoletas y el impulso a las energías limpias. A nivel de calle, lo notamos en la gran cantidad de vehículos eléctricos, especialmente motos, que producen un caos de tráfico inusualmente silencioso.

Por lo demás, la limpieza es una obsesión. Daba la sensación de que a toda hora había alguien barriendo, pasando un trapo o juntando basura desde una moto. Llegamos a ver ejemplos absurdos, como empleados barriendo las hojas del otoño que caían sin parar sobre la muralla de Xian, pero los resultados son impresionantes. No hay pueblo o ciudad que no se vea limpio, prolijo y organizado. La limpieza no es solo una cuestión estética: es parte de la infraestructura misma, tan esencial como las vías de tren o los edificios de viviendas.

Una estación de tren en una ciudad del interior

La vida digital

China es una civilización más moderna que la nuestra. Esto no es ni bueno ni malo, es un hecho y listo, pero es interesante y llamativo las implicancias que tiene a la hora de hacer un viaje por este país.

Nadie puede llegar a China sin haber descargado antes tres o cuatro aplicaciones fundamentales para la subsistencia. Google, Instagram y WhatsApp no se usan, en parte por las restricciones que impone el gobierno a ciertas apps y páginas occidentales, y en parte porque tampoco han sabido adaptarse a las necesidades específicas del mercado interno.

Si del ecosistema digital chino se trata, la madre de todas las apps es sin dudas WeChat. Algunos la llaman ignorantemente el WhatsApp chino, pero es mucho más que eso. Se puede, obviamente, mandar mensajes, pero también sacar entradas para lugares turísticos, hacer pagos a comercios y personas, reservar turno con el médico, desbloquear las bicicletas públicas y muchas cosas más. Por esta versatilidad, reuniendo una serie de funciones que en otros países están dispersas en una docena de aplicaciones, más que una simple app se la denomina como una “super app”.

Una de las funciones más útiles fue, en nuestro caso, el traductor incorporado, con lo cual nosotros podíamos escribir en español o inglés y nuestros interlocutores en chino, y a cada uno se lo traducía automáticamente a su idioma. Además, con esta super app nosotros reservamos entradas para visitar la plaza de Tiananmen, el mausoleo de Mao Zedong y el Museo Nacional en Beijing, compramos el tour a los arrozales de Guilin, recibimos información útil en todos los hoteles donde estuvimos y alquilamos bicicletas en Xian.

Otra de las apps fundamentales a la hora de visitar China es AliPay, cuya función principal es realizar pagos por productos y servicios. Esto no es ninguna novedad para el resto del mundo, pero la forma en que está extendido su uso sí que lo es. Con AliPay se puede pagar desde un hotel en Dunhuang hasta un pincho de carne de un puesto callejero en Beijing, pasando por donaciones a cualquier institución, artistas callejeros y el transporte público de todas las ciudades del país.

Entre estas dos apps redujeron casi a cero el uso de dinero en efectivo en China, tanto que es el único destino en el que hemos estado tanto tiempo donde no tuvimos que cambiar plata ni una sola vez, algo imposible de pensar incluso en muchos países europeos. Resulta un poco irónico que, tratándose China del lugar donde se inventó el dinero en papel, haya sido también el primer lugar en descartarlo.

Aprovechando el sistema de pagos digital, varios locales gastronómicos ya no toman pedidos en caja, y solo tienen empleados en la cocina. Nos pasó varias veces de entrar a un lugar y encontrarnos solo con un código QR, que había que escanear para hacer el pedido. Por el momento, eso sí, lo vimos más que nada en cafeterías y locales de comida rápida.

Esta super pantalla te muestra en qué parte del enorme estacionamiento de la estación de tren te espera el taxi que pediste

A la hora de moverse por China, las apps fundamentales son dos: Amap y Didi. Amap es una de las principales aplicaciones de mapas y navegación, equivalente a Google Maps en otros países. Como en China está prohibido hacer mapas sin la autorización del Gobierno, Google tiene un desfase de localización de entre cincuenta y quinientos metros. Amap, en cambio, usa un sistema de coordenadas nacional, por lo cual resulta mucho más preciso.

Didi, por su parte, es la empresa líder de transporte de pasajeros, similar a Uber. Como todas las super apps chinas, no se queda con una sola función, sino que además de los viajes en auto, ofrece servicios de bicicletas compartidas, entrega de alimentos y paquetería y alquiler de vehículos por minuto. De esta manera, Didi hace más viajes diarios en China que Uber en todo el mundo.

El uso del smartphone es tan intensivo en el país que no hay ciudad o pueblo donde no se encuentren cada pocos metros máquinas expendedoras de alquiler de baterías portátiles. Suelen estar en estaciones de tren, hoteles, negocios de souvenirs y hasta al aire libre, en calles y parques. Por supuesto, estas máquinas funcionan con pago digital a través de AliPay o WeChat, y se aseguran de que la rutina de todos los transeúntes siga sin contratiempos.

Confort para el pueblo

Tal vez yo sea demasiado tecnófilo, pero me parece que toda esta infraestructura (física y digital) hace la vida más fácil. Alguno podrá argumentar, no sin cierta razón, que a cambio de estas comodidades entregamos voluntariamente nuestros datos personales a empresas y gobiernos a mansalva. Pero hoy en día es prácticamente imposible escapar de la recolección de datos si se quiere vivir con normalidad en cualquier lugar del mundo. El smartphone, las tarjetas de crédito, los GPS, las redes sociales, el delivery… casi todo deja un rastro digital. En ese sentido, vivir en China no es muy diferente que vivir en Europa o Estados Unidos.

Yo prefiero enfocarme en las pequeñas bondades que este nuevo paradigma nos permite. Como, por ejemplo, que con una app pudimos hacer un pedido de supermercado en China, directamente entregado a la puerta de la habitación de nuestro hotel por un robot, que lo recibió en la recepción y lo llevó solo al cuarto piso.

Otro beneficio que usamos bastante en el viaje fueron las sillas masajeadoras de última generación, que se encuentran fácilmente en hoteles, aeropuertos, estaciones de tren, shoppings y hasta en espacios públicos abiertos. Son muy económicas, se activan con AliPay o WeChat y te masajean todo el cuerpo con la efectividad de un finlandés de cien kilos.

El reconocimiento facial es otra tecnología que nos hizo la vida más fácil durante el viaje. Dos ejemplos simples: uno, cuando estábamos por hacer la cola para visitar al mausoleo de Mao, nos advirtieron de que no podíamos entrar con las riñoneras que llevábamos. ¿Qué hacer? Más tarde nos dimos cuenta de que la mayoría de la gente dejaba sus pertenencias sin más en medio de la plaza (es todo tan seguro que nadie piensa que le van a robar), pero en ese momento no nos dimos cuenta. Lo que hicimos fue ir a un negocio cercano donde había casilleros gratuitos, que al usarlos registraban tus datos biométricos y luego solo se abrían con nuestra cara.

Otro: cuando compramos la entrada al Parque Nacional Zhangjiajie, ni siquiera nos mandaron un comprobante. El día de la visita, solo tuvimos que escanear el pasaporte en el molinete de entrada, registrar nuestros datos biométricos (mirar la cámara un par de segundos) y, a partir de ahí, todos los servicios incluidos en la entrada se desbloqueaban automáticamente con reconocimiento facial.

Y ya que estamos con Zhangjiajie, es el perfecto ejemplo de la infraestructura puesta al servicio del confort y la accesibilidad. El parque tiene una naturaleza impresionante, pero además hay buses internos y teleféricos que salvan las enormes distancias, baños (gratuitos) y lugares de comida por doquier y senderos sólidos y bien marcados para no perderse nada. La joya del lugar es, sin embargo, el ascensor Bailong, que sube más de trescientos metros sobre un acantilado, lo que lo hace el ascensor al aire libre más alto del mundo. Además, su estructura de vidrio permite a los ocupantes disfrutar del paisaje a medida que sube, aunque los que tenemos un poco de vértigo elegimos ceder el lugar y quedarnos atrás.

Es fácil mirar estos proyectos con cierto aire de esnobismo y criticar la “industrialización” de la naturaleza, como si cualquier intervención fuera automáticamente una profanación. Pero la verdad es que, gracias a toda esta infraestructura, lugares naturales que antes eran prácticamente inaccesibles ahora son destinos abiertos para miles de personas (familias, personas mayores o viajeros con movilidad reducida) que de otro modo jamás podrían disfrutar de esos paisajes. El acceso a la naturaleza no debería ser jamás un lujo exclusivo, y estos caminos, teleféricos y ascensores no solo democratizan el turismo, sino que también ayudan a canalizar el flujo de visitantes de manera organizada, protegiendo el entorno natural al concentrar el tránsito en rutas diseñadas y minimizando el impacto humano en áreas sensibles.

Podría pensarse que un país con esa intervención tan extrema del entorno, a través de sus trenes de alta velocidad, sus rascacielos y sus super apps, corre el riesgo de perder algo de su alma. Quizás, pero también nos enseña que la infraestructura no es solo cemento y acero, sino que, concebida con orden, eficiencia y creatividad, permite la más importante de todas las construcciones, la de oportunidades.

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