A esta altura de las notas sobre nuestro viaje a China, no es ninguna sorpresa que fuimos deslumbrados por los trenes bala, las super apps y los rascacielos. Pero no hay que perder de vista que toda esta infraestructura es muy reciente, en un territorio con una continuidad cultural e institucional de más de cuatro mil años.
La China milenaria ha dejado un legado impresionante, que no solo definió las facetas políticas, culturales, filosóficas y artísticas de su país de origen, sino que se extendió por todo el mundo. Entre los elementos más representativos, hay obras colosales como la Gran Muralla, el Ejército de Terracota, o la Ciudad Prohibida; corrientes filosóficas como el confucianismo, el taoísmo y el budismo; inventos como el papel, la pólvora, la brújula y la imprenta; y hasta rutas de comercio que se reivindican en la actualidad, como la Ruta de la Seda.
No es solo un pasado remoto, sino una memoria colectiva que nunca se interrumpió. Cuatro mil años de historia condensados en templos, murallas y leyendas que aún resisten entre avenidas de ocho carriles y pantallas LED. Viajar por China es también conocer un poco mejor esos imperios, filosofías, inventos, religiones y obras colosales que siguen latiendo bajo la superficie del país más moderno del planeta.

Una huella en la eternidad
No existe nada en el mundo que se asocie más a China que la Gran Muralla, la mayor construcción jamás realizada por el ser humano. Veintiún mil kilómetros de fortificaciones de piedra y tierra, que se extendían desde Shanhaiguan, al borde del mar de Bohai, hasta el Paso Jiayuguan, a las puertas del desierto de Gobi. Su función principal era defender el territorio de las invasiones de las tribus nómades del norte, pero también era un símbolo de poder y trascendencia.
A pesar de lo espectacular que suena imaginarse la Gran Muralla junto al mar, es un tramo poco visitado. Para llegar, nosotros tomamos un tren de dos horas desde Beijing hasta Qinhuangdao, y de ahí media hora de Didi hasta Shanhaiguan. Si bien había algunos turistas (todos chinos), ni se acercaban a las multitudes de otros destinos. Ellos se lo pierden. A nosotros, ver la Muralla China adentrándose en el océano nos puso la piel de gallina.


Dentro de la cronología de la Muralla, la de Shanhaiguan es una sección relativamente reciente. Fue construida durante la dinastía Ming, alrededor del siglo catorce, casi mil seiscientos años después de su concepción original.
Qin Shi Huang, el primer emperador de la China unificada, fue el gran artífice de la Gran Muralla como proyecto nacional. Antes de su gobierno, distintos reinos feudales ya habían construido murallas locales para protegerse entre sí, pero cuando Qin unificó el país, en el año 221 a.C., ordenó conectar y reforzar esos tramos, dando origen a la idea de Muralla que conocemos hoy.
El primer emperador estaba obsesionado con la inmortalidad y quería dejar una huella imborrable en su territorio. Por eso, la Gran Muralla no solo era para él una estructura defensiva, sino un símbolo de poder que perduraría en los años venideros. Además, en su desesperada búsqueda de la vida eterna, tomaba elixires preparados con mercurio, pensando que prolongarían su vida, pero que terminaron causando su muerte.
En cualquier caso, para asegurar su trascendencia y poderío en el otro mundo, Qin Shi Huang mandó construir un mausoleo colosal en Xianyang, la capital del imperio. Conocida hoy simplemente como Xi’an, es una de las ciudades más antiguas de China, y una de las cuatro Grandes Capitales Antiguas del país. Más allá de su relevancia histórica, no nos pareció la gran cosa entre las urbes chinas que visitamos, pero sí destaca por su curioso barrio musulmán, donde viven unos veinte mil chinos musulmanes, establecidos en la región en los años de la Ruta de la Seda. También tiene una mezquita (aunque sin minarete, y de afuera se parece a un templo budista) y un pequeño zoco, donde se venden todo tipo de baratijas e imitaciones, como en los mercados de Túnez y Marruecos. Fue el único lugar del viaje donde se regateaba el precio de las cosas y los vendedores nos carancheaban en español.


Volvamos al primer emperador.
Más que de un mausoleo, sería más correcto hablar de un palacio subterráneo, porque la construcción abarca unos sesenta kilómetros cuadrados, un área mayor que la antigua ciudad de Xi’an. Este enorme recinto permaneció olvidado y enterrado dos mil años, hasta que en 1974 dos campesinos que cavaban en busca de agua encontraron los primeros restos. Se calcula que hay alrededor de cuatrocientas tumbas, incluyendo la cámara funeraria del emperador, que aún no ha sido abierta. También se especula que la cámara fue construida sobre una base con la forma del territorio conocido de China en ese momento, usando mercurio para simular los ríos y océanos, y bajo un techo donde se reprodujo la cúpula celestial.
Por si fuera poco, Qin Shi Huang fue enterrado junto a las figuras de ocho mil soldados, carruajes y caballos hechos de arcilla, que pasaron a la posteridad con el nombre de “Guerreros de Terracota”, y cuya función era proteger al emperador en el otro mundo.
Lo más impresionante de los Guerreros es que todos tienen distintas poses, vestimentas, armas, rostros y contexturas físicas, ya que Qin Shi Huang quería que este ejército reflejara el carácter multi étnico de su imperio. Entre las cientos de figuras que se pueden ver hoy, hay guerreros de pie con lanzas, otros arrodillados con arcos y otros conduciendo cuadrigas con sus caballos. Originalmente estaban pintados con pigmentos minerales, aunque el paso del tiempo los ha unificado con un color arenoso.



Parece ser que el primer emperador era bastante tirano, y su dinastía duró poco, pero su obsesión con desafiar el paso del tiempo dejó para la posteridad dos de las más grandes maravillas jamás construidas por la humanidad: la Gran Muralla China y los Guerreros de Terracota de Xi’an. Al final, Qin Shi Huang sí sentó las bases de la eternidad.
Los símbolos nacionales
China tiene una habilidad especial para absorber su historia sin detenerse en ella. Lo ancestral y lo futurista conviven en una continuidad que parece imposible: templos milenarios entre rascacielos de vidrio, parques donde los ancianos hacen tai chi mientras los jóvenes corren con relojes inteligentes, turistas que escanean códigos QR frente a estatuas de Buda.
En lugares como Chengdu, esa convivencia se siente en cada rincón. La ciudad es hoy un centro tecnológico de relevancia mundial, donde los últimos adelantos de la ciencia conviven con los pandas gigantes, un símbolo nacional desde la antigüedad.
Uno podría llegar a Chengdu sin saber absolutamente nada de los pandas, pero en pocos minutos en la ciudad caería en la cuenta de que están ahí, en alguna parte. Es que las paradas de colectivo tienen forma de panda, el logo del subte es un panda, hay estatuas de pandas por todos lados (incluyendo uno trepando un edificio), y hasta gente disfrazada de panda vendiendo joyas. Se calcula que existen en Chengdu más de diez mil empresas que usan la imagen del panda en sus productos.


El mejor lugar para ver los pandas de la ciudad es la Base de Investigación y Cría de Pandas Gigantes, un instituto financiado por el gobierno en el que se conservan alrededor de doscientos cincuenta pandas en cautiverio. La base está diseñada como una recreación del hábitat natural de los pandas, que en su gran mayoría vienen de las montañas de la provincia de Sichuan, de la cual Chengdu es su capital. Son más de doscientas hectáreas de bosque de bambú, colinas suaves, estanques, zonas de sombra y senderos, donde todo está dispuesto para imitar la temperatura, vegetación y relieve del ecosistema original.
Aun así, los pandas están bastante limitados en sus zonas de desplazamiento y son monitoreados constantemente. Es complejo, porque es un animal en grave peligro de extinción (se estima que quedan apenas unos dos mil pandas salvajes), y tenerlos en la base es una buena forma de asegurar su supervivencia. En cuestiones más mundanas, son animales muy simpáticos y juguetones, y uno podría pasar horas viéndolos comer bambú, trepar árboles y pelear de forma amistosa entre ellos.


Continuando con los símbolos chinos, muy cerca de Chengdu está el Gran Buda de Leshan, una enorme estatua de Buda tallada en la montaña, de 71 metros de altura. Fue construido a partir del año 713 por iniciativa de un monje, quien esperaba que el Buda tranquilizara las peligrosas corrientes del río que amenazaban a los navegantes. Según cuenta la historia, los sedimentos acumulados durante la construcción ayudaron efectivamente a calmar las aguas.
Si bien Buda es un símbolo importado de la India (llegó a través de la Ruta de la Seda en el siglo uno), con el paso del tiempo China lo transformó y resignificó como propio. La mayoría de los chinos combinan budismo, taoísmo y confucianismo de una manera bastante pragmática, sin adherir a dogmas estrictos. Las prácticas religiosas funcionan para ellos como guías éticas y rituales sociales más que como una devoción exclusiva. Un chino puede tranquilamente pararse frente al Gran Buda de Leshan, hacerle una reverencia y dedicarle una plegaria, y dos segundos después sacarse infinitas selfies con la estatua. Y no ve ninguna contradicción en eso, ni hace de esa fe la razón de ser de su vida cotidiana.


Para poder visitar el Gran Buda hicimos una movida importante desde Chongqing, a trescientos kilómetros de distancia. Tren a Leshan a las cinco de la mañana, Didi al parque del Buda, caminatas escaleras arriba y abajo, paseo en barco para ver la estatua desde el río, otro Didi a la estación de Leshan, tren a Chengdu (ciento cincuenta kilómetros), almuerzo recién a las tres de la tarde, recorrida por la ciudad y regreso a Chongqing alrededor de las ocho. Un pequeño ejemplo de por qué nuestros viajes no son aptos para mucha gente.
La frontera del mundo antiguo
En mandarín, China se llama Zhongguo, que se traduce como “el reino (o país) del centro”. El término hacía referencia a las poblaciones “civilizadas” en contraposición a las tribus “bárbaras” que lo rodeaban. Esta forma de entender su territorio era bastante común en la Antigüedad, ya que casi todas las civilizaciones se percibían a sí mismas como el centro de la tierra conocida.
La Ruta de la Seda vino a conectar ese “país del centro” con otras civilizaciones lejanas, a través de un intercambio comercial muy fructífero que comenzó a desarrollarse en el siglo dos a.C. Más que un camino único, hay que pensar en una extensa red de rutas terrestres y marítimas, que salían de Chang’an (actualmente Xi’an) y pasaban por los territorios de lo que hoy es Mongolia, Pakistán, Irán, Egipto, Rusia y Turquía, entre otros. Durante sus mil quinientos años de esplendor, por la Ruta de la Seda salían productos como seda, porcelana, papel, té, y entraban caballos, gemas, metales y hasta nuevas ideas religiosas, como el budismo o el islam.

En todo ese enorme trazado, la ciudad china de Dunhuang constituía una especie de frontera entre Zhongguo y el “mundo exterior”. Era el último gran asentamiento antes de adentrarse en el desierto del Gobi, y el primer punto de contacto para quienes llegaban desde Asia Central. Por eso, la ciudad terminó siendo una especie de oasis chino con espíritu de frontera, donde convivían monjes budistas, comerciantes musulmanes y viajeros de medio mundo.
Dunhuang es hoy un lugar muy moderno. Nosotros esperábamos una ciudad más vieja, fruto de la distancia y el aislamiento, pero nos encontramos con grandes avenidas bien iluminadas, paradas de colectivos con cargadores de celular, pantallas led y hasta dispensers de agua fría y caliente, zonas comerciales con las mejores marcas chinas y un mercado nocturno nuevo y animado.
Para sentir la vibra antigua de Dunguang hay que acercarse a la montaña Mingsha, que funciona como entrada al desierto del Gobi. Esta zona, que abarca grandes extensiones de China y Mongolia, es una de las más áridas y vastas de Asia, y se formó debido a la sombra que proyectan los Himalayas, que no dejan pasar la humedad. Subir las dunas del Gobi es duro, pero se compensa con unas vistas impresionantes.



Cerca de Mingsha están las Grutas de Mogao, otro lugar clave para entender las implicancias de la Ruta de la Seda. Se trata de un conjunto de casi quinientas grutas excavadas en la piedra del desierto, dentro de las cuales se construyeron altares budistas. Hay murales, esculturas y escrituras, y muchas de las grutas fueron financiadas por viajeros o poderosas figuras locales, como un pedido de protección antes de cruzar el desierto, o un agradecimiento por haber sobrevivido al viaje.

Dentro de las cuevas no se puede sacar fotos, pero es realmente un lugar impresionante, lleno de fragmentos de un mundo que pasó por ahí y quedó inmortalizado antes de desaparecer en la arena. Fue el último lugar que vimos en China, y sirvió como un buen recordatorio de que nuestro viaje había sido mucho más que un recorrido de miles de kilómetros, sino también una travesía a través del tiempo.










Cuanto tiene y que grande el pais, no solo por el territorio sino por su historia y cultura.