Un hutong es un antiguo barrio chino, con callejones estrechos y laberínticos, donde todas las viviendas (en general, bastante pequeñas) comparten un baño comunitario. En Beijing todavía quedan un puñado de hutongs, pero la mayoría se han reconvertido en espacios turísticos: zonas peatonales llenas de hoteles, puestos de comida, locales de masajes, venta de souvenirs y fachadas renovadas.
Nuestro hotel estaba en el hutong de Qianmen, a unos pocos metros de la calle principal del barrio. Hay que aclarar que, pese a su curioso trazado, los hutongs no son espacios cerrados ni mucho menos, sino que están incorporados al trazado urbano de la ciudad. Y, sin embargo, una noche que volvíamos de pasear por la zona norte de la capital, nos encontramos con que unos policías detenían a todos los que querían “acceder” a la calle principal de Qianmen. Los chinos tenían que escanear sus documentos de identidad en una máquina, y los extranjeros mostrar nuestros pasaportes. Debe haber sido la primera vez en nuestra vida que nos pidieron identificación para circular por una calle abierta.
El prejuicio de que en China está todo muy controlado por el Estado tiene asidero. Esto se siente mayormente en Beijing, y se relaja a medida que uno se aleja hacia el interior, pero nunca deja de estar presente. Los controles policiales, las cámaras de seguridad y el chequeo constante de documentos son una realidad. Entonces, ¿tiene razón la propaganda yanki? ¿Es el gobierno chino un “demonio comunista” que aterroriza a sus ciudadanos? Veamos.



Ni capitalistas ni marxistas… chinos
Cuando Deng Xiaoping se hizo cargo de la presidencia de China tras la muerte de Mao, a finales de los setenta, popularizó la idea de que el país era “un socialismo con características chinas”. Deng necesitaba justificar políticamente la apertura al mercado, la inversión extranjera y ciertas reformas económicas, pero sin abandonar oficialmente el socialismo que sostenía la estructura de poder. En la práctica, esta definición significaba adoptar ideas, sistemas o prácticas internacionales, pero adaptadas al contexto histórico, cultural y político particular de China.
El modelo impulsado por Deng fue, al menos en términos económicos y sociales, el mayor éxito de desarrollo del siglo veinte en todo el mundo. Más de ochocientos millones de personas salieron de la pobreza, la esperanza de vida se incrementó doce años, la tasa de alfabetización subió del 66 al 97 por ciento, lugares como Shenzhen se transformaron de aldeas pesqueras a centros tecnológicos globales y China pasó de ser una economía cerrada a ser la segunda economía más grande del mundo.
Esta impresionante cantidad de logros no fue fácil, ni gratis. En el camino se hicieron muchas concesiones, algunas de las cuales escandalizarían a un occidental, como no poder votar (al menos el sentido en que lo entendemos nosotros), tener un fuerte control sobre lo publicado en Internet y en los medios de comunicación tradicionales, y los ya mencionados controles de seguridad.



En China no hay estación de tren o subte a la que se pueda entrar sin pasar primero tus pertenencias por el escáner policial, y las cámaras son omnipresentes: las ves desde en la Plaza de Tiananmén hasta en las montañas de Zhangjiajie. En Tiananmén en particular, hay tres controles distintos para entrar a la plaza, que incluyen escaneo de rostro, pasaporte, escáner de pertenencias y cacheo.
Además, hay un control constante sobre el flujo de movimientos, a través de los documentos nacionales de identidad y, en nuestro caso, los pasaportes. Durante nuestro viaje, no pasó un día sin que tuviéramos que usar el pasaporte, ya sea como pasaje de tren, entrada a lugares turísticos o pase para circular por lugares públicos.
Como contrapartida de una vigilancia tan estricta, el crimen es casi inexistente en China. Se puede caminar de noche con total tranquilidad, tanto por las calles más concurridas de Beijing como por un desolado callejón de Dunhuang. Tampoco se ve, a diferencia de muchos lugares de Europa, el ejército patrullando los sitios más turísticos, con pasamontañas que ocultan el rostro y un AK-47 en las manos.
Y, algo fundamental. Sí, los chinos endurecieron el control, y las penas por delincuencia son muy estrictas, algo que se pide muchas veces en algunos sectores de Argentina. Pero lo hicieron DESPUÉS de sacar a ochocientos millones de personas de la pobreza y garantizarles un techo y que no se mueran de hambre. Pretender adoptar el modelo de seguridad de China sin lograr esta transformación primero es, simplemente, una visión clasista y de facho.



Una hoz y un martillo en el Congreso de la Nación
El sistema político chino es un Estado donde los ciudadanos votan a los delegados de los comités de sus distritos, quienes a su vez eligen a los representantes del siguiente nivel, en un sistema de elección indirecta que va subiendo hasta llegar a la Asamblea Popular Nacional, el parlamento del país. Los principales cargos del Estado (el Presidente, el Primer Ministro o los miembros del Consejo de Estado) son designados por esta Asamblea, que desde 1949 está dominada por el Partido Comunista de China.
Partiendo de esta descripción bastante simplista se pueden tener muchas opiniones diferentes, sobre todo si comparamos el sistema chino con las democracias representativas que predominan en los países occidentales. Yo me quedo con una famosa cita que se le atribuye al ya mencionado Deng Xiapoing, el responsable de las reformas aperturistas chinas de finales de los setenta, que dice: “No hay sistemas de gobierno buenos o malos, hay gobiernos que se ocupan del bienestar de sus ciudadanos y gobiernos que no lo hacen”.
El hecho de que el Estado chino esté dominado por un partido único y todas las discusiones políticas se den dentro de él, es positivo en algunos aspectos. Los chinos tienen mucho margen de maniobra para planificar a largo plazo, algo que en Argentina, por ejemplo, es imposible, porque siempre caemos en intereses partidistas y lógicas electorales. En China son muy comunes, por ejemplo, los planes quinquenales de gobierno, un período de cinco años durante el cual Argentina puede tener tres presidentes distintos.


Además, el gobierno chino está atravesado por una fuerte meritocracia, en la que los funcionarios ascienden dentro de una jerarquía basada en evaluaciones de desempeño. Los cuadros del partido comienzan generalmente en niveles locales y avanzan a medida que demuestran capacidad para cumplir objetivos económicos, sociales o políticos. Los ascensos se basan en un sistema de evaluación interna, con criterios como crecimiento económico, estabilidad social, implementación de políticas nacionales y disciplina partidaria.
Más allá del malestar que pueda causarnos esta disyuntiva, deberíamos preguntarnos quién está mejor preparado para gobernar un estado: ¿un país cuyos habitantes pueden votar a sus líderes y eligen como presidentes a multimillonarios evasores fiscales, golpeadores de mujeres y otros que hablan con sus perros muertos, o un país cuya población no puede elegir a sus gobernantes, pero que está liderado por gente altamente capacitada?
Nuestra supuesta democracia termina siendo, muchas veces, una trampa plagada de una falsa separación de poderes, noticias falsas, clientelismo y un poder político subordinado a un oscuro poder económico, siempre presente pero nunca visible. Si para desarrollarnos como China en tan poco tiempo tenemos que sacrificar Twitter y no ir a votar entre Massa y Milei, no parece una gran pérdida.
El capital al servicio del pueblo
Eran apenas las once de la mañana y ya habíamos terminado de recorrer el Parque Geológico Nacional Zhangye Danxia, así que volvimos a la ciudad. Nuestro tren salía recién a las cinco de la tarde y eso, en cualquier lugar de Europa, hubiese significado una espera eterna en la estación, muy probablemente sentados en el piso y pagando un euro cada vez que quisiéramos ir al baño. Pero en nuestro hotel de Zhangye el check out era a las dos de la tarde, así que tuvimos tiempo de bañarnos y hasta de pedir otro delivery a la habitación para almorzar.
Esta es una constante de los hoteles chinos, mucho más orientados al servicio al cliente que los occidentales. Nunca tuvimos problemas por hacer check in temprano, todos los días nos reponían el agua mineral gratis, pudimos dejar siempre las valijas tras la salida sin pagar, y estábamos siempre en contacto con la recepción para cualquier cosa que necesitáramos a través de WeChat.
El ejemplo más claro nos ocurrió en el hotel de Chongqing, donde habíamos reservado tres noches. El último día regresamos alrededor de las cinco de la tarde y ya no teníamos más planes en la ciudad, ya que el impresionante show de drones que queríamos ver había sido cancelado. Como en China los trenes se pueden cambiar sin costo hasta minutos antes de la salida, decidimos partir esa misma noche hacia Chengdu y así evitar el madrugón del día siguiente. Esto significaba perder una noche de alojamiento, pero al ser bastante económico valía la pena. Sin embargo, al entregar la llave en la recepción, las empleadas nos ofrecieron reembolsar el precio de la última noche, solo a cambio de dejar una buena reseña en Trip, la plataforma de reservas.



La valoración más importante del cliente responde a dos razones principales: la primera, una fuerte competencia, donde cada reseña o puntaje tienen un peso enorme, y son cruciales para atraer clientes; y la segunda, una cultura del servicio y la reciprocidad, donde prima evitar el conflicto y mantener buenas relaciones con los demás. No por nada en el idioma chino no existe un equivalente a la palabra “no”.
Hay un tercer motivo detrás de esta marcada orientación al cliente/usuario: existe una política de Estado destinada a fomentarla. A nosotros nos sorprendió encontrar una serie de servicios gratuitos por los que en Europa estamos acostumbrados a pagar, como los baños públicos (siempre limpios y gratuitos), los casilleros, el agua potable caliente o los cargadores USB y enchufes, entre otros.
En el mismo sentido, las estaciones de trenes chinas ofrecen todas las posibilidades para que los pasajeros puedan pasar ahí dentro el tiempo que necesiten, en contrapartida con, por ejemplo, la estación central de Copenhague, que es abierta (en invierno el frío es insoportable) y no tiene ni lugar para sentarse. Las diferencias entre un modelo estatal y uno privado son claras. En Dinamarca, la gestión de las estaciones sigue una orientación mucho más comercial, donde se busca que la gente consuma o circule, pero que no se quede.
Nos mudamos a China
A esta altura del artículo, seguro que más de uno habrá pensado: “Si les gusta tanto China, ¿por qué no se van a vivir allá?”. No es una idea descabellada, pero tenemos varios motivos para no hacerlo. Se trabaja mucho (48 horas semanales suele ser el mínimo), convivir con tanta gente puede resultar abrumador, y el idioma es muy difícil de aprender; a largo plazo, no se puede sobrevivir solo con inglés.
Seguramente, China también tiene muchísimos otros problemas, que nuestros ojos de turistas no lograron percibir durante un recorrido básico de tres semanas. Pero lo que he intentado con esta nota fue alejarme un poco de la mirada juzgadora occidental (alimentada por los medios de comunicación anglosajones) e intentar entender por qué China funciona. Más aún, por qué sus ideas merecen un debate serio, especialmente en países como Argentina, donde el modelo estatal tiene muchísimas falencias que repercuten de forma negativa en gran parte de la población.
Al final, lo que muestra China es que existe otra manera de organizar la sociedad, distinta a la nuestra. No se trata de imitarla, ni de idealizarla, pero tampoco de descartar automáticamente todo lo que ahí funciona por “chino” o “comunista”. Los logros de su modelo de gobierno nos recuerdan que nuestros valores no son universales, y que nuestra forma de vivir no es la única posible.









