En 1969 Mario Vargas Llosa publicó Conversación en La Catedral, una de sus novelas más famosas. La historia retrata la desigualdad de clases, la corrupción y la represión política que vive el Perú bajo la dictadura del general Manuel Odría. Más allá de la trama, el libro pasó a la posteridad por tener uno de los mejores inicios de una novela, cuando el protagonista se plantea una pregunta clave: ¿en qué momento se había jodido el Perú?
La pregunta no tiene una respuesta sencilla, y menos para dos turistas con apenas dieciséis días por delante en el país. Podríamos aventurar que el desencadenante fue la conquista española; o la independencia que llegó sin una verdadera transformación de las estructuras de poder; o la inestabilidad política del siglo veinte, plagado de golpes militares; o la lucha armada que inició Sendero Luminoso en los ochenta.


Sea como fuere, que el Perú está jodido queda de manifiesto apenas salimos a caminar por Lima. El centro histórico está vallado, con cuadras enteras por las que no se puede circular, incluidas la histórica Plaza de Armas y la Plaza San Martín, que tiene una estatua del Libertador a caballo, a la que lamentablemente solo pudimos ver de lejos.
Qué hombre, San Martín. Aunque ya había liberado a Argentina y Chile, entendió que no alcanzaba: el principal centro del poder español estaba en el Virreinato del Perú. Por eso organizó una campaña marítima hacia Perú después de cruzar los Andes y liberar Chile, y proclamó la independencia en Lima el 28 de julio de 1821.
Como ironía del destino, no podemos ni acercarnos a la estatua del Libertador, pero sí a la de Francisco Pizarro, primer invasor español y fundador de Lima, que está disponible para que algunos se saquen fotos, como si fuera un personaje simpático.

Pizarro era un hijo bastardo y analfabeto, que se embarcó hacia América a principios del siglo dieciséis con el sueño de muchos: hacerse rico para no tener que laburar. Y vaya si lo consiguió. En 1532 llegó al Tahuantinsuyo, el imperio Inca que abarcaba territorios desde Colombia hasta Argentina, y desató una violenta conquista que terminó con miles de indígenas muertos y enormes cantidades de oro y plata saqueadas. Se calcula que, a valor actual, los españoles se robaron durante toda la invasión unos 96 mil millones de dólares en oro y plata, una cantidad similar a la actual deuda externa de Perú.
Encima de lo que se llevaron, dejaron además prácticas y tradiciones de clientelismo que perduran hasta el día de hoy, no solo en Perú sino en el resto de América donde expandieron su conquista. El principal problema fue que, durante la época colonial, gran parte de la administración estaba orientada a extraer recursos y repartir privilegios, más que a construir instituciones imparciales y estables.


A pocos metros de la estatua de Pizarro nos cruzamos con una de las dos protestas por salarios que vamos a ver en la capital en unas pocas horas. Mientras unas cincuenta personas exhiben sus pancartas frente a la amenazante policía, por unos parlantes suena Víctor Heredia cantando Sobreviviendo, un verdadero himno latinoamericano.
Más de un guía nos dirá durante el viaje que todos los presidentes de Perú “terminan presos o muertos”. Y aunque es una simplificación, la inestabilidad política del país es evidente. En los últimos diez años Perú tuvo ocho presidentes distintos, y varios de ellos están efectivamente en la cárcel o enfrentando investigaciones.

No ayuda a la situación que estamos a días de un nuevo cambio de gobierno, donde va a asumir la ultraderechista Keiko Fujimori, hija de Alberto. Fujimori fue famoso por encabezar una dictadura cívico-militar en los noventa, que impuso un drástico programa de reformas neoliberales y perpetró graves violaciones de los derechos humanos. Para sorpresa de nadie, la hija hizo campaña con el eslogan de “viene la paz, viene la seguridad”, casi siempre acompañado de una imagen de las Fuerzas Armadas.
El tema de la inseguridad parece uno de los más candentes en Perú, ya que otros candidatos se postularon con consignas similares. Todavía puede leerse en muchas paredes del país la frase con la que se definía Diógenes Huamán Timoteo: “Soy el Bukele peruano. Mano dura”. Otro. “Un cambio a la fuerza. General Williams”, mientras posaba vestido de militar y haciendo una venia.

Pese a todos sus aparentes problemas, Perú goza de cierta fama de estabilidad, al menos en términos económicos. Su moneda, el sol, es considerada una de las más estables de América Latina y hasta tiene el curioso apodo de “el dólar latinoamericano”, en una región acostumbrada a devaluaciones, inflación y cambios bruscos de moneda.
En cualquier caso, los dramas de Perú en general y de Lima en particular parecen disiparse cuando uno se aleja del centro histórico y recorre barrios como Miraflores y Barranco. Es otro mundo; moderno, tranquilo, parquizado, ordenado. Por sus cuidadas calles y veredas se ve gente corriendo, andando en bicicleta y paseando perros. Otros, de saco y corbata, esperan afuera de los coquetos edificios para llevar a sus empleadores a donde deseen.
Estos barrios tienen además una vista privilegiada del océano Pacífico, y son mucho más verdes que el resto de la ciudad, donde impera el color ocre de la tierra y los áridos cerros que rodean Lima.

Caída la noche, fuimos a cenar a un restaurante de Barranco con Facu, amigo de toda la vida que hace unos años vive en Perú. Además de las buenas charlas de siempre, nos dio algunos consejos prácticos para viajar por el país y una pequeña introducción a la excelente gastronomía peruana. Sin dudas, el punto más alto del primer día.
Releyendo lo escrito hasta ahora da la impresión de que no nos gustó Perú, y en realidad fue todo lo contrario. Quizás solo fue Lima, o quizás solo empezamos con el pie izquierdo por llegar de un viaje matador de casi veinticuatro horas. La realidad es que, a pesar de Vargas Llosa, los españoles y los fachos de moda, nos encantó Perú. Y en las próximas notas espero dejarlo bien en claro.










Que buen analisis socio-politico. 😍