Hasta que el cuerpo aguante

Alarma a las cinco de la mañana, recogida a las seis, traslado de dos horas, caminata, traslado, caminata, paradas extra falopa, regreso a las siete de la tarde, cena, a dormir. La mayoría de nuestros días en Perú se parecieron bastante a esto. No porque nos encanta tener itinerarios apretadísimos, sino porque nuestro afán por conocer la mayor cantidad de lugares en el escaso tiempo disponible es demasiado grande.

Cada vez que volvemos de un viaje así, destruidos y con menos de veinticuatro horas antes de volver a trabajar, nos prometemos a nosotros mismos que fue el último, que la próxima vez vamos a reservar un all inclusive en Antalya por una semana sin hacer nada. Esta mentira auto infligida suele durar unas pocas semanas, hasta que alguno de los dos anda navegando por internet y ve algo como “uh, unas yurtas del siglo trece en las estepas de Mongolia. Solo catorce horas de bicicleta sobre canto rodado. ¿Reservamos?”.

Las garras de las águilas

El último día en Cusco fue fiel al resto del viaje por Perú. Amanecimos (es un decir, todavía era de noche) a las cuatro de la mañana, porque nos pasaban a buscar veinte minutos después para manejar casi cuatro horas hasta un punto en medio de los Andes, desde donde nos esperaba una caminata matadora cuesta arriba. La subida en sí no era tan difícil, pero el principal problema era que íbamos a estar a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar.

El objetivo de esta travesía era ver Vinicunca, más conocida como Montaña Arcoiris. Es una montaña “pintada” naturalmente a franjas horizontales con distintos colores, que van desde el rojo hasta el amarillo, pasando por muchas otras tonalidades. Desde el principio del viaje sabíamos que esta sería la excursión más desafiante, así que la programamos lo más adelante posible en el itinerario, cuando, después de una semana recorriendo Arequipa, Puno y Cusco, nuestra aclimatación a la altura estuviera completa.

Después de una parada para desayunar en un restaurante abarrotado de turistas, se acabó la ruta asfaltada y nos metimos por unos caminos de tierra en medio de las montañas, que atravesaban varias comunidades campesinas. Los últimos kilómetros eran ya una cornisa donde no pasaban dos autos al mismo tiempo, con curvas de 180 grados cada pocos metros.

⎯Vinicunca es administrado por las comunidades locales ⎯nos explicó la guía⎯. Desde que empezó a promocionarse entre los turistas, en 2007, son ellas mismas las que reciben los ingresos y reinvierten parte de ese dinero para mejorar el lugar. En Cusco, en cambio, la mayor parte del turismo se administra desde Lima, y apenas un veinte o treinta por ciento de lo que se genera queda en la ciudad.

Cerca de las nueve de la mañana llegamos a una explanada y estacionamos entre decenas de otros vehículos. Cada uno recibió un bastón de senderismo y algunas indicaciones finales:

⎯Vayan despacio, respiren profundo. También se puede subir en caballo o en moto si alguno prefiere no caminar.

Dos mexicanas del grupo eligieron la moto. Nos pareció perfecto. El lugar es difícil y hay que conocer los propios límites.

Empezamos a caminar. Como dije antes, la subida no era empinada, pero la falta de aire era abrumadora. Íbamos muy despacio y aún así perdíamos el aliento constantemente. Cada diez minutos teníamos que parar, porque nuestro ritmo cardíaco estaba desbocado.

Las paradas, de cualquier forma, nos servían para apreciar lo impresionante del paisaje, incluso sin ver todavía la Montaña Arcoiris. Miráramos para donde miráramos solo había montañas altísimas sobre las que sobrevolaban las águilas, glaciares y un enorme valle poblado de llamas.

Despacio pero seguro, llegamos al primer mirador en unos cuarenta y cinco minutos. A otros del grupo les llevó una hora y media, y una pareja de argentinos ni siquiera pudo llegar. Para nuestra sorpresa, había mucha gente arriba, que hasta hacía filas para sacar la mejor foto.

La montaña no nos decepcionó. Los colores son tan brillantes como en las fotos, y uno de sus lados se abre a un valle teñido completamente de rojo. La explicación de por qué la tierra tiene todos esos tonos es compleja y difícil de entender para dos comunicadores sociales, pero básicamente está relacionada con la cantidad y variedad de minerales que hay en la zona.

Esta riqueza del suelo no solo atrae a los turistas. En 2018, el gobierno peruano le dio la concesión de las tierras que abarcan Vinicunca a una empresa canadiense para la explotación minera. Por suerte, el rechazo popular fue tan masivo que la empresa se vio presionada a renunciar a la concesión pocos meses después.

Los empresarios son como esas águilas que sobrevuelan los Andes. Están siempre cerca, al acecho, para dar el zarpazo cuando menos te lo esperás.

Los dientes de los caimanes

Pocos países deben ofrecer cambios tan extremos en tan pocos kilómetros como Perú. De las montañas nevadas a los desiertos de la costa, de las ciudades coloniales a las comunidades andinas, el paisaje y las condiciones cambian constantemente.

El último traslado fue particularmente brusco. Salimos de Cusco, a unos 3.400 metros de altura y con 5 grados, y cuarenta minutos después aterrizamos en Puerto Maldonado, a 30 grados y sobre el nivel del mar. Desde el avión puede verse el punto exacto en que las montañas dejan paso a la selva, y donde el marrón de la tierra es reemplazado por el verde de los árboles.

La idea de visitar esta pequeña ciudad cerca de la frontera con Brasil era conocer una pequeña parte de la selva amazónica, la más grande del mundo. ¿Podríamos haber usado ese tiempo para recorrer Cusco más relajados, o tal vez haber tenido un día más en Lima? Quizás. Pero nos desesperaba abrir el mapa y vernos tan cerca de la legendaria Amazonía. ¿Cómo no íbamos a ir?

Después de media hora de navegación por el río Madre de Dios llegamos al hospedaje donde íbamos a quedarnos tres días y dos noches, la excursión estándar de Puerto Maldonado. Eran unas cabañas muy bien puestas, construidas en elevación y con mosquiteros a prueba de las peores alimañas. El calor era tan aplastante que las ventanas no se cerraban, y apenas un ventilador impulsado a energía solar ayudaba a combatir la temperatura y la humedad, que nos recordaron a los peores días del verano rosarino.

El itinerario, por supuesto, era apretado, así que sin demasiado tiempo para relajarnos nos sumamos a la primera actividad del día: una caminata de reconocimiento por la selva. La vegetación era exuberante, con plantas que no sabíamos ni el nombre y árboles de quinientos años con lianas que podían sostener hasta cuatro personas. 

La caminata no fue especialmente larga ni compleja, pero entre el calor, los bichos y el cansancio del viaje acumulado mi cuerpo empezó a tirar la toalla. Por eso, cuando volvimos a las cabañas me derrumbé sobre mi cama cubierta con tela mosquitera, donde pasaría gran parte de lo que quedaba de estadía.

Mientras yo agonizaba descansaba, Ro siguió sumándose al resto de los paseos, como una corta navegación a una isla cercana para ver monos, o una caminata nocturna por la selva, donde se encontró con arañas horrendas del tamaño de una mano. El guía, como si nada, las agarraba con la mano y decía que no eran peligrosas. No era el caso, sin embargo, de unas (aparentemente) inofensivas hormigas que también andaban por ahí.

⎯Esas sí son complicadas. Se llaman hormigas bala, porque si te pican duele como si te hubieran pegado un balazo por un día entero.

Ah, nada como el encanto de la selva.

Tras una noche complicada, hice un esfuerzo heroico (?) por levantarme, cuándo no, a las cinco de la mañana. El plan incluía una navegación de quince minutos en bote a motor, caminata de tres kilómetros por la selva y media hora más de bote, esta vez a remo. Todo para llegar al lago Sandoval, un tranquilo remanso de agua rodeado por la selva, donde se pueden ver muchísimas especies de animales.

El sol pegaba de lleno sobre el lago, lo cual no ayudaba a que me sintiera mucho mejor, pero unas hamacas paraguayas que había en una de las orillas me repusieron un poco las energías. En cuanto a los animales, vimos unos cuantos, especialmente distintos tipos de aves, tortugas y hasta un caimán, que se acercó mucho al bote y, ante las risas nerviosas de los turistas, empezó a “jugar” con el guía, quien le acercaba el remo para que lo mordiera.

La última actividad en nuestra excursión amazónica era el “canopy walk”, una caminata por unas pasarelas que cuelgan de los árboles, a casi cuarenta metros del suelo. Para no perder la costumbre, hubo que madrugar para poder llegar temprano. De todas maneras, fue interesante ver cómo la selva “se despertaba”, pasando de una tranquilidad y silencio absolutos a un bullicio constante a medida que los animales iban amaneciendo.

Cuando bajamos de las pasarelas, por fin pudimos empezar a relajarnos con la satisfacción de la travesía completada. Lo único que nos faltaba era volver a Lima, pasar la noche, tomarnos un vuelo con dos escalas y regresar a casa. 

Le prometo a mi cuerpo que llegará el día de reservar ese resort turco, tirarnos en una reposera y no hacer absolutamente nada durante una semana. 

Pero hoy no será ese día.

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