Tras casi una hora de subida sin descanso, escucho que el guía de un grupo cercano anima a la gente que está con él:
⎯Ya estamos en la última parte, no queda nada.
Miro hacia arriba. La “nada” es una escalera estrechísima y muy empinada, a la que hay que agarrarse a cuatro patas para mantener el equilibrio. Bastante más atrás, Ro viene haciendo un esfuerzo descomunal para superar sus náuseas y llegar a la cima.
Cuando por fin alcanzo la meta, exhausto y con un vértigo tremendo, me siento un súper hombre. Subí al Huayna Picchu, la montaña sagrada de los incas, y tengo Machu Picchu literalmente a mis pies.
Al cabo de unos minutos, escucho voces que se acercan por la escalera. Es el mismo guía de antes, que motiva a alguien a dar los últimos pasos.
Por fin lo consigue.
Es un hombre de 75 años.

La máquina de hacer billetes
Machu Picchu está tan aislada en medio de las montañas, que solo se puede llegar en tren desde Ollantaytambo. Es un trayecto de treinta kilómetros, pero se tardan dos horas porque las vías no están en condiciones.
El tren se paga como el lujoso Orient Express de Agatha Christie, aunque su calidad es… cuestionable. Los empleados están impecables con sus uniformes y la atención es excelente, pero los vagones son un poco viejos y se sacuden como una coctelera, a pesar de que no superamos los cuarenta kilómetros por hora.
Como no podía ser de otra manera, la empresa concesionaria es privada, y la inversión brilla por su ausencia. Es una práctica tristemente habitual en Sudamérica, donde los empresarios extranjeros se la llevan toda con una inversión mínima. A vos te cobran precios exorbitantes en dólares, pero en las vías no ponen un peso y a los trabajadores les pagan 1400 soles por mes (400 dólares). Por eso, en esta región del mundo la teoría del derrame es una tremenda mentira. A los ricos nunca se les derrama nada. Simplemente consiguen un recipiente más grande.


El centro de todo el negocio se concentra en Aguas Calientes, un pequeño pueblo al pie de las montañas, cuya única función es recibir a los miles de turistas que llegan a diario para visitar Machu Picchu. Casi todas las calles son peatonales, y no hay más que hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos, una al lado de la otra.
La demanda para subir al famoso sitio arqueológico es tan alta que hay que desembolsar otra buena cantidad de dólares para tomarse un colectivo que te ahorra la caminata matadora. Y aun así es imposible evitar madrugar a las cinco de la mañana para hacer la fila, aunque el primer colectivo recién sale a las seis.
Después de media hora de espera y otro tanto de traslado, por fin llegamos a la montaña. El colectivo tiene que hacer como tres maniobras para poder dar la vuelta en un espacio muy reducido y volver al pueblo a cargar más gente. Se entendería si el poco espacio fuera consecuencia de la preservación de la naturaleza, pero se entiende menos cuando nos bajamos justo enfrente del lujoso hotel Belmond, de capitales franceses, que cuesta 2500 dólares la noche.
Irritados con tanta desigualdad, con pocas horas de sueño y una Ro zombie que se pasó toda la noche vomitando, es inevitable cuestionarnos si todo ese “esfuerzo” para ver unas piedras viejas vale la pena.


Una maravilla a la altura del mito
Sí, vale la pena.
El lugar es impresionante. Por la ciudad inca, claro, construida con una planificación y una arquitectura exquisitas; pero, sobre todo, por la ubicación, en medio de unas montañas altísimas que te hacen creer que realmente estás en contacto con la deidad del sol.
Este aislamiento es una de las razones por las cuales Machu Picchu se conservó tan bien. Los españoles nunca la encontraron, y cuando los incas abandonaron la ciudad, a mediados del siglo dieciséis, la maleza la escondió en pocos años.



Tuvieron que pasar casi cuatrocientos años para que Machu Picchu se hiciera famosa en todo el mundo, gracias a un yanqui llamado Hiram Bingham. El tipo era profesor de Yale y estaba buscando Vilcabamba, el último refugio de los incas en la guerra contra los españoles. Guiado por campesinos locales que conocían las ruinas, Bingham llegó a Machu Picchu, sacó unas fotos y las publicó en la renombrada revista National Geographic, desatando el interés internacional por el sitio arqueológico. De paso, se robó unos cuantos miles de piezas antiguas.
Bingham murió convencido de que había encontrado Vilcabamba, y aunque todas las investigaciones posteriores probaron su error, todavía no está del todo claro qué era Machu Picchu. Según la guía que nos acompaña durante nuestra visita vespertina, la ciudad habría sido construida como una residencia de descanso para las élites incas que querían escapar de las obligaciones de Cusco y pasar una temporada en este rincón privilegiado de los Andes.



Mientras recorremos la ciudadela, la guía nos habla de la mita, el sistema de trabajo obligatorio que los incas imponían a las poblaciones sometidas, y del sofisticado sistema de canales que llevaba y distribuía el agua por toda la ciudad.
Y como si la historia de Machu Picchu necesitara otra perlita de intervención extranjera, llegamos a la Plaza Central y vemos una enorme piedra caída. La guía nos explica entonces que la piedra fue sacada de su lugar original para que pudiera aterrizar un helicóptero que llevó a los reyes de España en 1978.
Sus majestades, sin embargo, no son los turistas más peculiares que ha recibido Machu Picchu.
⎯En agosto de cada año llegan “los místicos” ⎯explica la guía⎯. Son todos extranjeros y tienen mucha plata. Le pagan la entrada a sus chamanes y recorren descalzos las ruinas, bailando y cantando.

Arqueólogos yanquis, reyes europeos, místicos varios y, a partir de ahora, dos argentinos criticones, han quedado fascinados a lo largo de la historia por Machu Picchu. Y después de pasar todo el día ahí, entiendo perfectamente por qué.










Valio la pena. 🌞