En Ser como ellos, Galeano rescata una maravillosa cita de un sudafricano que sirve para definir la historia colonial de Latinoamérica: “Vinieron. Ellos tenían la biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la biblia”.
Durante todo el viaje por Perú, no pude sacarme esta cita de la cabeza. Cuando llegaron los españoles, el imperio inca estaba en su apogeo. Alcanza con ver los muros de Sacsayhuamán, en Cusco, con bloques de piedra de varias toneladas encastrados sin materiales. O recorrer un tramo del Qhapaq Ñan (el “camino del inca”), la red vial de treinta mil kilómetros que conectaba el imperio de norte a sur, pasando por desiertos, cordilleras y selvas, con tambos (postas) cada cierta distancia para que descansen los chasquis, los corredores que llevaban mensajes a velocidades que ningún sistema postal europeo de la época podía igualar.


Los incas tenían su propio calendario desarrollado para la agricultura, con una precisión que se ajustaba a la geografía vertical de los Andes. Como contrapartida, el calendario gregoriano que impusieron los españoles no les servía para nada. Y ni hablar del sistema de quipus, conjuntos de cuerdas anudadas donde llevaban registros administrativos, censales y contables de todo el imperio.
Estos avances no surgieron de la nada. Los incas heredaron y perfeccionaron el conocimiento de culturas que los precedieron por siglos: los Moche dominaban la orfebrería y la ingeniería hidráulica en la costa norte; los Wari habían desarrollado sistemas de terrazas y caminos mucho antes que el Tahuantinsuyo existiera como tal; y los Tiwanaku, cerca del lago Titicaca, ya construían con una precisión increíble, que los incas tomarían como referencia.
Cuando Francisco Pizarro desembarcó en 1532, no se topó con un pueblo “primitivo” esperando ser civilizado, sino con la síntesis de miles de años de conocimiento acumulado, en pleno funcionamiento y en plena expansión. Pizarro no solo les pidió a los incas que cerraran los ojos y rezaran, sino que, para asegurarse de su sometimiento, sacó también la espada.
Resistir al invasor
Llegar a cualquier ciudad de Perú al atardecer no es lo ideal. Nuestro colectivo tardó casi una hora en recorrer unos pocos kilómetros de avenida, y al llegar tuvo que dar marcha atrás, interrumpiendo el tráfico en tres carriles, para poder entrar por un estrecho pasillo a la pequeña terminal terrestre de Cusco.
Sin ganas de volver a sumergirnos en la marea de vehículos, desistimos de tomar un taxi y elegimos caminar con las valijas hasta el hotel. Una de las primeras cosas que vimos al salir a la calle, además de conductores ansiosos, fue una enorme estatua de Pachacútec, noveno gobernante del Estado inca, y quien lo lideró en su expansión hasta convertirlo en un imperio.



Cusco tiene un trazado bastante irregular, así que para intentar evitar las constantes subidas y bajadas decidimos empezar la recorrida por uno de las puntos más altos posibles: Sacsayhuamán. Construida como fortaleza militar y centro religioso en el apogeo del imperio inca, Sacsayhuamán está ubicada en una colina cercana, desde donde se tienen las mejores vistas de la ciudad. Hoy solo quedan unas pocas ruinas, ya que la mayor parte del complejo fue desmantelado por los españoles, y sus materiales se usaron para construir iglesias y casas coloniales.
Otro triste ejemplo de esta práctica es el Qorikancha, el templo más importante del imperio inca, que tenía paredes recubiertas de oro. Con tanta opulencia a la vista, el saqueo español no tardó en llegar, y la construcción original quedó sepultada bajo un convento.



Volviendo a Sacsayhuamán, ahí se dio una de las batallas más cruentas entre los incas y los invasores. El emperador Manco Inca, que asedió la Cusco invadida durante casi un año, estuvo a punto de derrotar a los españoles con sus ataques desde la fortaleza. Pero estos, desesperados, lanzaron una última arremetida para intentar romper el cerco, durante la cual los incas mataron a Juan Pizarro, hermano de Francisco, de un piedrazo en la cabeza.
De todas maneras, no les alcanzó para lograr la victoria. Aunque los incas eran muy superiores en número, los españoles tenían armaduras, armas de fuego y, sobre todo, caballos, que inclinaban la balanza en su favor. Además, no estaban solos: varios pueblos originarios sometidos por los propios incas se aliaron con los españoles, con la esperanza de recuperar su autodeterminación.
Bajando la colina desde Sacsayhuamán a la ciudad, es muy díficil no perderse entre las tranquilas pero laberínticas calles del barrio de San Blas. Entre tiendas de artesanías, cafeterías y miradores espontáneos, fuimos caminando hasta el centro histórico de Cusco, marcado por la Plaza de Armas.
En su apogeo, hacia el año 1400, Cusco tenía unos 250 mil habitantes, número que la ponía a la altura de las grandes capitales europeas de la época. En ese momento, la plaza original era cinco veces más grande que la actual, y los españoles le fueron sacando espacio para construir sus iglesias y edificios.

La Plaza de Armas es tristemente célebre por ser el lugar donde ejecutaron a Túpac Amaru II, en 1781. Este caudillo, descendiente de los últimos gobernantes incas, lideró una gran rebelión contra los abusos de los españoles en el virreinato del Perú, sentando un importante precedente para las posteriores guerras de independencia en el continente.
Durante más de un año, el movimiento liderado por Túpac Amaru y su compañera, Micaela Bastidas, puso en jaque el dominio español, logrando importantes victorias militares. Sin embargo, tras negarse a tomar Cusco sacrificando a los indígenas que los realistas ponían en la vanguardia, Túpac Amaru decidió replegarse y fue traicionado por dos de sus partidarios.
Capturado por los españoles, fue llevado a la ciudad para ser interrogado y torturado. Cuando un enviado del rey de España le exigió nombres a cambio de promesas, Túpac Amaru le contestó: “Solamente tú y yo somos culpables; tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de liberarlo de semejante tiranía”.

El 18 de mayo de 1781, en un acto público en la plaza de Armas de Cusco, Micaela Bastidas y sus hijos fueron asesinados frente a Túpac Amaru, a quien se le reservó el castigo más sádico. Ataron sus extremidades a cuatro caballos, a los cuales se hizo tirar en direcciones diferentes, descuartizando al caudillo en vida. Una decisión ejemplar de los “civilizados” españoles.
Cuentan las crónicas que, antes de exhalar su último aliento, Túpac Amaru gritó a los presentes: “¡Volveré y seré millones!”. Los diferentes libertadores de América que vendrían poco después, los movimientos de resistencia a las dictaduras del siglo veinte y, en general, los continuos rebeldes que surgen ante las injusticias del mundo, son un ejemplo claro de que el caudillo inca no estaba equivocado.

Todo está guardado en la memoria
Si bien Cusco era la capital del imperio inca, la historia de este pueblo también se cuenta en los alrededores de la ciudad. El Valle Sagrado, un área que se extiende a lo largo del río Urubamba, entre Cusco y Machu Picchu, fue una de las regiones más importantes para los incas. Sus tierras fértiles, sus montañas y su particular geografía hicieron de este valle un lugar estratégico para la agricultura, la religión y la construcción de importantes centros urbanos.
Nuestra recorrida por el Valle Sagrado empezó, sin embargo, en un lugar que no tiene tanto que ver con los incas. Chincheros es un pequeño pueblo conocido por sus tejidos artesanales y, como buena excursión que se precie, nos llevaron a ver cómo una cooperativa trabajaba la alpaca. Más allá de lo interesante de la demostración, a mi me daban curiosidad unos conejos que tenían cerca de la lana, así que cuando la mujer dijo si teníamos alguna pregunta, quise sacarme la duda.
⎯¿Y los conejos para qué son?
⎯Para comer ⎯respondió, ante las risas generalizadas.


En Moray conocimos las impresionantes terrazas circulares, que los incas construyeron en la montaña para poder experimentar con los cultivos a distintas temperaturas (más arriba más frío, más abajo más calor). Por este sistema tan elaborado, se habla de Moray como un “laboratorio agrícola inca”. No faltaron igual los europeos que, incapaces de entender una civilización diferente a la de ellos, afirmaron que el lugar era una pista de aterrizaje para extraterrestres.
Aunque gracioso, no deja de ser un poco triste cómo esta estrechez de pensamiento anuló la posibilidad de que hoy sepamos más sobre estas culturas antiguas. Los invasores solo estaban interesados en el oro y la plata, y se dedicaron a asesinar a cualquiera que se pusiera en su camino. Más allá del horror de sus crímenes, el problema fue que en la sociedad inca los nobles y líderes eran los que llevaban registros de todo, por lo cual quedó muy poco que analizar en la posteridad.
Un claro ejemplo es cómo los europeos se cansaron de llamar a los incas analfabetos, incluso hasta el día de hoy, cuando siempre existió la palabra “qillqay” en quechua para “escribir”, y tenían sus propios mecanismos de registro de información, como los quipus.


Todo esto se vuelve mucho más evidente cuando uno más se adentra en el Valle Sagrado. En Ollantaytambo, el lugar más importante de la zona, queda claro que detrás de las ruinas que vemos hoy había una sociedad con una organización mucho más sofisticada de lo que durante siglos no se pudo (o no se quiso) reconocer.
Ollantaytambo era un tambo inca que servía como parada para que los chasquis (mensajeros que corrían transportando mensajes de la nobleza) descansaran e hicieran sus relevos. Con la llegada de los españoles, el emperador Manco Inca, líder de la resistencia, lo transformó en capital provisional del imperio. Desde su impresionante fortaleza construida contra la montaña, logró rechazar al invasor durante varios meses, pero terminó por decidir que era más seguro replegarse a la espesa selva de la zona de Vilcabamba.
Como la mayoría de las ciudades incas, Ollantaytambo tiene terrazas excavadas en la montaña, pero en este caso no eran agrícolas, sino que servían para evitar los deslizamientos. La precisión con la que fueron trabajadas sus piedras hace de Ollantaytambo una de las obras arquitectónicas más impresionantes de los incas, especialmente el Templo del Sol y sus enormes monolitos, que pesan varias toneladas. Los arqueólogos todavía no se ponen de acuerdo sobre cómo lograron llevar esas piedras hasta lo alto de la montaña.
El día en el Valle Sagrado terminó para nosotros en Písac, otra ciudad inca, importante en este caso por sus colcas, depósitos de alimentos construidos en piedra y con techos de paja. También había un enorme cementerio con más de tres mil tumbas, cuyos nichos vacíos pueden verse en la actualidad. El contenido, en cambio, está a varios miles de kilómetros cruzando el océano.


Mis reiteradas referencias sobre los desmanes, abusos y crímenes de los españoles en Perú son, pese a todo, inversamente proporcionales al espacio que ocupan en el relato turístico. Se habla de la arquitectura inca, de sus costumbres, de su ingeniería y de su religión, pero poco y nada se mencionan sus batallas y su resistencia. En general, el discurso parece ser más de resignación que de bronca.
Como decía Galeano, los españoles se llevaron el oro, la plata y la tierra. También se llevaron, o destruyeron, una parte de la memoria de quienes vivían ahí. Pero hay algo que los invasores no pudieron llevarse. La identidad de un pueblo que, a pesar de siglos de sometimiento, desencanto y gobiernos incompetentes, todavía sigue ahí. Mientras exista una plaza, una calle, o una estatua para recordar a Túpac Amaru, a Manco Inca, a San Martín o a tantos otros, la memoria del pueblo peruano no se habrá perdido.










Gracias por hacerme ver Cusco.