Un país de otro planeta

Mientras la avioneta sobrevolaba las Líneas de Nasca, el copiloto iba explicándonos las teorías sobre esos dibujos gigantes en el medio del desierto. Un calendario astronómico, un mapa hacia fuentes de agua, caminos ceremoniales religiosos y, claro, pistas de aterrizaje para naves extraterrestres. Cada vez que los europeos no podían explicar algo sobre una civilización extraña, recurrían a la frase-meme de Los Simpsons: “lo hizo un mago”.

Más allá de esta locura, es cierto que Perú tiene algo de otro planeta. El país tiene una de las topografías más variadas del mundo, con montañas de más de seis mil metros de altitud, el cañón más profundo del mundo, selva amazónica sin explorar, uno de los desiertos más secos de la Tierra y un fuerte centro de actividad sísmica y volcánica. 

Ese era el lugar que íbamos a explorar las siguientes dos semanas.

Reserva Nacional de Paracas

Manejar como si no hubiera mañana

Hemos estado en muchos países donde se maneja como el culo de forma temeraria, pero Perú entra cómodo al top 3. El Uber que nos llevó a la Terminal Terrestre de Lima (buena denominación peruana para nuestra humilde “terminal de ómnibus”) hacía unas maniobras que ni en la Fórmula Uno. Ejemplo: estábamos en la autopista, a cien metros de nuestra salida, pero circulando tres carriles del otro lado. Sin inmutarse, el conductor amagó a frenar para meterse detrás de un colectivo que avanzaba por la derecha, pero a último momento vio que más adelante había un carro ralentizando el tráfico. Entonces cambió de opinión, aceleró de repente, se metió por delante del carro y agarró la salida a último momento. En tu cara, Colapinto.

Ya en la ruta Panamericana Sur, nos llamó mucho la atención la enorme cantidad de fraccionamientos (loteos), casi todos abandonados a medio hacer, del tipo “construí acá la casa de tus sueños por dos pesos”. Una sencilla búsqueda en internet confirmó lo que sospechábamos: es un boom especulativo de terrenos a lo largo de toda la Panamericana, impulsado por un grupo de inmobiliarias delincuentes, que los venden sin estar habilitados.

Paracas

Llegamos a Paracas a media mañana, con el tiempo justo para subirnos a una lancha y lanzarnos mar adentro para recorrer la Reserva Nacional de Paracas. Es un buen lugar para ver animales, como lobos marinos y pelícanos, y el curioso Candelabro, un geoglifo de 180 metros de largo que se calcula tiene unos 2500 años.

¿Y qué es un geoglifo? Son figuras dibujadas en el suelo, usando una técnica que consiste en remover parte de la superficie para contrastar sobre un fondo más claro. Nadie sabe muy bien quién hizo la mayoría de los geoglifos que existen o para qué, y en el caso particular del Candelabro los expertos están incluso más perdidos. Las teorías incluyen desde San Martín, a quien por algún motivo raro se le habría ocurrido hacer ese símbolo masón durante su campaña de liberación del Perú, hasta los infaltables extraterrestres, pasando por piratas ingleses del siglo dieciséis.

Y hablando de piratas, tras la navegación nos apuramos a buscar un restaurante en Paracas donde ver el primer tiempo de la semifinal del mundial contra Inglaterra. La moza que nos atendió nos aseguró que estaban con nosotros, no sé si haciendo referencia a los empleados del local o a los peruanos en general.

Como teníamos que tomar otro colectivo a Huacachina, tuvimos que conformarnos con escuchar el final del partido por la radio. Apretamos los puños y nos abrazamos cuando dimos vuelta el resultado, y un peruano que iba en la fila de al lado nos preguntó cómo había salido el partido. Le dijimos, y nos contestó, en inglés (?):

Congratulation guys. Good luck in the final with France (“Felicitaciones. Suerte en la final con Francia”).

No sé qué Mundial estaba viendo.

En Huacachina, cerramos el día con otra de esas maniobras dignas de Schumacher. El taxista iba por un carril, y no se dio cuenta que más adelante estaba cerrado. Pero cuando llegó al bloqueo, en vez de dar marcha atrás y retomar por donde debía, salió por una pequeña abertura hacia el carril contrario y avanzó una cuadra entera en contramano, esquivando autos. Fuera de los videojuegos y las películas, nunca había visto algo así.

Huacachina

Qué lindo que es volar

Habíamos leído demasiadas recomendaciones acerca del vuelo sobre las Líneas de Nasca. Que hidratarse, que desayunar liviano, que no preocuparse, que no pasaba nada. Yo pensé que todo estaba relacionado con el tamaño pequeño de la avioneta, con lo cual sentiríamos el movimiento mucho más que en un avión grande. De hecho, apenas despegamos estaba convencido de que no era para tanto.

Hasta ahí todo eran sonrisas…

Nasca es una ciudad de cincuenta mil habitantes en medio de un paisaje desierto y llano, que no tiene demasiadas bellezas naturales. Pero es un destino muy turístico gracias a las Líneas de Nasca, unos geoglifos de mil quinientos años de antigüedad. Son unas ciento cincuenta figuras que alcanzan casi trescientos metros de largo, y tienen formas que se parecen a animales como monos, arañas, ballenas y perros, entre otros.

El primer giro de la avioneta me produjo una fuerte presión en la cabeza y un escalofrío en el estómago. Pese a todo, me la banqué como un campeón y pensé que lo peor ya había pasado.

Ingenuo.

Cuando llegamos a la zona donde se concentran la mayoría de los geoglifos, los giros se hicieron constantes, y encima nos inclinábamos a cuarenta y cinco grados hacia los costados para que pudiéramos ver bien de los dos lados. A los quince minutos no podía más. Las náuseas eran insoportables, y todo mi esfuerzo se concentraba en mantener el contenido de mi estómago dentro. Una mujer que iba al lado de Ro no tuvo tanta suerte.

A pesar de lo complicado de la experiencia, ver esas enormes figuras desde el aire es impresionante. Imagínense una llanura inabarcable, gris, plana, sin vegetación de ningún tipo, y de repente aparece un mono gigante dibujado en el suelo, con una cola larguísima que se enrolla sobre sí misma. Te entiendo, europeo sin muchas luces que viste Nasca en los años sesenta; es para creer en extraterrestres.

Entre volcanes

El colectivo que tenía que llegar a Arequipa a la una de la madrugada llegó a las cuatro y media. El tráfico en la ruta era impresionante, con una sucesión de camiones que no había visto en mi vida. En ese contexto, la conducción del chofer del colectivo estuvo a la altura de la de todos sus colegas que habíamos conocido hasta ese momento.

Con pocas horas de sueño, salimos a recorrer Arequipa temprano para aprovechar nuestro único día en la ciudad. Es la segunda más grande del país después de Lima, y se la conoce por su sobrenombre de “Ciudad Blanca”, apodo que viene del sillar, una piedra volcánica de color claro con la que fueron construidos gran parte de sus edificios coloniales. Más allá de su casco histórico, está rodeada por un impresionante entorno natural dominado por tres volcanes: Misti, Chachani y Pichu Pichu.

En Arequipa empezamos a experimentar la altura de la que tanto se habla en Perú. Ubicada a dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar, es relativamente baja comparada con otros lugares que visitaríamos después, pero ya empezamos a sentir las diferencias. Subir dos tramos de escalera en el hotel nos dejaba sin aire.

La ciudad también es famosa por ser el lugar de nacimiento de Mario Vargas Llosa, célebre escritor peruano ganador del Nobel de Literatura. Vargas Llosa fue un tipo bastante “polémico”, por ser suave. Empezó siendo un escritor de izquierda, pero con el tiempo se convirtió en uno de los intelectuales de derecha más reconocidos de América Latina. En 1990 incluso se presentó a las elecciones presidenciales de Perú, aunque terminó perdiendo en ballotage frente a Alberto Fujimori.

La otra celebridad de Arequipa es Juanita, una momia de una joven inca encontrada en 1995 en perfecto estado de conservación, cerca de la cima del volcán Ampato, a más de seis mil metros de altura. Está en el Museo Santuarios Andinos, pero decidimos no entrar cuando nos dijeron que la momia original se encuentra bajo resguardo, y que lo que exhiben es una réplica.

Había pasado menos de una semana desde que aterrizáramos en Lima y ya habíamos cruzado desiertos, navegado el Pacífico, sobrevolado geoglifos milenarios y terminado en una ciudad rodeada de volcanes.

Y lo mejor del viaje por Perú recién estaba por empezar.

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