Ni españoles ni franceses

La verdad es que el motorhome era más grande de lo que esperábamos. Intimidaba. Ro soltó un rotundo “yo no lo manejo” nada más verlo. Yo no dije nada. Un poco porque no quería sacar a la luz mis temores de macho alfa, y otro poco porque tampoco había alternativa. Ya estaba alquilado, y alguien tenía que sacarlo a la ruta.

Encima, el argentino (siempre hay un argentino) que nos enseñaba cómo funcionaba todo iba a mil por hora.

⎯Con esto se vacían las aguas grises, ahí están las aguas negras, esa perilla enciende el gas, que hay que apagarlo cuando manejen, no se olviden de que lleva diesel, este es el depósito de agua, que no le falte AdBlue cuando lo devuelvan, ¿tienen la app para buscar dónde pasar la noche?, yo soy de La Pampa…

Cuando aceptamos que no íbamos a recordar ni la mitad de las instrucciones, nos pusimos en marcha. Al final, resultó que no era tan difícil de manejar como esperaba. Un poco más largo y pesado de lo normal, pero con un poco de cuidado en las curvas íbamos a andar bien. Y a cambio, cama doble, baño con ducha, cocina y heladera. Todo un lujo sobre ruedas.

Después de dar algunas vueltas por los suburbios de Bilbao, logramos encontrar la ruta. Lo primero que vimos antes de incorporarnos fue un enorme mural que decía: “Esto no es España ni Francia. Independencia para el pueblo vasco”.

Las montañas

Antes de salir de la agencia de alquiler, el compañero vasco del argentino nos había preguntado a dónde pensábamos ir.

⎯Bueno, vamos a empezar por las montañas de Urkiola y Gorbeia… ⎯respondí, con ciertos titubeos, para no equivocarme con los nombres vascos.

El tipo esbozó una amplia sonrisa.

⎯¿De verdad? ¡Me parece un plan genial! La mayoría de la gente solo viene para ir a los Pirineos.

Nosotros ni sabíamos que los Pirineos estaban por la zona. Hacía muchos años que teníamos el plan de recorrer Euskadi en motorhome, y pensábamos ceñirnos estrictamente a sus fronteras. Ni siquiera me acuerdo dónde y cómo surgió ese plan. Seguro tuvo algo que ver nuestra debilidad por la lucha de los pueblos por defender su identidad, especialmente aquellos que son marcadamente anti fascistas. Pero no podría asegurarlo.

Nuestra primera incursión en las montañas vascas estuvo marcada por la lluvia y la niebla. No me quedan dudas de que el Parque natural de Urkiola debe ser hermoso, aunque en mi caso tengo que confiar en las fotos de internet, porque durante nuestras caminatas por sus colinas no veíamos más allá de cuatro o cinco metros.

Se suponía que en la subida hacia el monte Saibi se veían cráteres de bombardeos de la Guerra Civil Española, pero no los identificamos hasta que no estuvimos a punto de caer dentro de ellos. Lo mismo con la cruz gigante que corona la cima. A pesar de que tiene una altura considerable, recién la vimos cuando estuvimos a punto de chocárnosla de frente.

El resto de los paseos por Urkiola no estuvieron mucho mejor. Mientras caminábamos por el hayedo de Otzarreta empezó a diluviar, y al intentar volver al motorhome por otro sendero nos perdimos. Terminamos alargando más de media hora y volvimos empapados. Por suerte, nada que una buena ducha caliente en el motorhome no pudiera arreglar.

Reponiendo energías en el motorhome

Al día siguiente, mientras nos preparábamos para el ascenso al monte Gorbeia, el clima incluso empeoró: empezó a granizar. Sin demasiadas opciones (¿cuándo fueron flexibles nuestros itinerarios?), empezamos a caminar igual, aguantando lo mejor que podíamos la lluvia, a veces nieve y, lo peor, el viento. Soplaba tan fuerte que los altísimos árboles de la ladera hacían un ruido tenebroso, como si fueran a quebrarse en cualquier momento.

Recorriendo esos montes desapacibles, empezó a tener sentido algo que venía leyendo sobre los vascos y su relación con la montaña. Durante siglos vivieron únicamente en ese entorno rural, que sirvió como refugio para sus costumbres, su gastronomía y su idioma, y los ayudó a moldear su carácter e identidad.

La poca gente con la que nos cruzábamos nos soltaba un religioso “aupa”, saludo informal vasco que expresa ánimo o bienvenida. El origen del idioma de los vascos sigue siendo tema de discusión, ya que no han podido trazarse orígenes claros. En Euskadi se han hecho grandes esfuerzos por preservar la lengua, en especial durante el franquismo, cuando su uso público fue duramente reprimido. Desde 1979 es lengua cooficial junto al castellano, y hoy lo habla cerca de la mitad de la población.

Rumbo al Gorbeia
Y ahora pa’ dónde

Cerca de la cima del Gorbeia (o eso creíamos), el paisaje estaba totalmente dominado por la nieve y la niebla. Todo era blanco y gris. No se veía ningún sendero ni ninguna montaña en kilómetros a la redonda. Mientras cuestionábamos seriamente si valía la pena seguir en esas condiciones, apareció un tipo viniendo del lado de la cima. Después del “aupa” obligatorio, se detuvo a examinar nuestro rudimentario equipamiento de montaña.

⎯Les recomiendo que regresen. La última parte es muy empinada y tiene hielo. Incluso yo, con clavos en los zapatos, he sufrido para subir.

Decidimos seguir su consejo y volvimos sobre nuestros pasos. La bajada no resultó mucho más fácil que la subida; la estabilidad estaba comprometida a cada paso. 

Casi al final de la peor parte, nos cruzamos a un matrimonio de unos sesenta años. El hombre nos preguntó qué tal estaba la cima, y le confesamos que desistimos antes de llegar.

⎯Han hecho bien, y no son los únicos. Hemos cruzado a otros que hicieron lo mismo. En estas condiciones es difícil hasta para los que conocemos el camino.

⎯Yo igual no sé si llego a la cima HOY ⎯añadió la mujer⎯. El lunes pasado, en cambio, el clima estaba hermoso. Desde arriba se veía hasta el mar.

La última frase me dejó con la boca abierta. Mientras nosotros dejábamos las piernas y los pulmones en la caminata, para esos vascos subir al Gorbeia era cosa de todos los días. Realmente la relación de esa gente con las montañas es algo especial.

El interior

Paseando por una calle peatonal de Vitoria-Gasteiz fuimos abordados por un grupo de adolescentes que hacían un trabajo para el colegio. Nuestra parte consistía en contestar cuatro preguntas, una más trascendental que la otra:

⎯¿Cuál es un derecho fundamental? ¿Los extranjeros merecen los mismos derechos que los nacionales? ¿La libertad de expresión debería tener límites? ¿Debería volver el servicio militar obligatorio?

Contestar a tales importantes cuestiones nos dio hambre, así que paramos a comer una tortilla en un bar que nos había recomendado Zuri, amiga vasca de Ro. La mayoría de los clientes parecían habituales, del tipo que saluda por el nombre de pila y pregunta por el tío Manuel. Pedían su pintxo (una pequeña rebanada de pan sobre la que se coloca una porción de comida), lo comían de parado o en la barra y se iban.

Después de almorzar, continuamos la recorrida por la ciudad. A pesar de no tener tanto renombre como la famosa Bilbao, Vitoria-Gasteiz es la capital de Euskadi. Ahí funciona el gobierno vasco y vive el lehendakari, el presidente de la comunidad autónoma. La región tiene un nivel de autonomía bastante alto dentro de España: cuenta con su propio parlamento, gestiona áreas clave como la salud y la educación, y hasta tiene un sistema fiscal propio con el que recauda y administra la mayoría de sus impuestos.

Vitoria-Gasteiz no tiene una belleza impresionante ni lugares icónicos reconocidos en todo el mundo, pero es muy verde, ordenada y agradable. Además, como en el resto de Euskadi, el transporte público es moderno y barato, y cerca del centro histórico encontramos un lugar para estacionar el motorhome, donde pagando una tarifa económica pudimos pasar la noche, cargar electricidad y agua, y limpiar el baño.

Pintxos

Alejándonos de Vitoria-Gasteiz hacia el sur, al pueblo de Laguardia, atravesamos una curiosa parte del territorio, donde se termina Euskadi y pasa a ser la comunidad autónoma de Castilla y León, pero enseguida vuelve a ser Euskadi otra vez. La zona se llama Enclave de Treviño, y aunque pertenece a Castilla y León, está completamente rodeada por Euskadi. Por supuesto, a lo largo de la historia han habido muchas reclamaciones territoriales al respecto.

No son las únicas que tienen los vascos. Los anhelos más nacionalistas persiguen el sueño de Euskal Herria, una región histórica compuesta por siete territorios que actualmente están divididos en tres unidades administrativas: la Comunidad Autónoma Vasca (Euskadi) y la Comunidad Foral de Navarra, que están en el Estado Español; y la tercera, conocida como Iparralde, en el sur de Francia.

En los alrededores de Laguardia nos internamos por una serie de caminos rurales, muchos sin asfaltar, buscando los famosos dólmenes de la zona. La lluvia, el barro y los pozos fueron un desafío para el motorhome, que se zarandeaba de una manera increíble a pesar de que solo íbamos a treinta kilómetros por hora. Por supuesto, al llegar al segundo dolmen, vimos que había una ruta asfaltada que llevaba al mismo lugar. Las delicias de Google Maps.

Un dolmen es, en esencia, una tumba colectiva de piedra construida hace miles de años, donde los pueblos depositaban a sus muertos junto a herramientas y ofrendas. En general, se colocaban grandes piedras de forma vertical para construir las “paredes”, y otra más grande horizontal en forma de “techo”. Nadie sabe con exactitud cómo movieron esas piedras de varias toneladas en esa época, lo cual les da un aire de misterio que todavía hoy no termina de disiparse.

Laguardia
¡Salió el sol!
Un dolmen

La lluvia nos dio una tregua justo a tiempo para visitar el Salto del Nervión, una cascada de más de doscientos metros que cae sobre el cañón del río Délica. Aunque somos difíciles de sorprender con las cascadas (las del Iguazú nos parecen insuperables), esta nos dejó impresionados. No tanto por el salto en sí, sino por un extraño fenómeno que provocaba que el agua ¡ascendiera! El fuerte viento, que subía encajonado por el estrecho cañón, hacía que el agua que saltaba al vacío volviera a elevarse, como si alguien hubiera apretado el botón de rebobinar.

Nuestra incursión en el interior profundo (?) de Euskadi terminó en el Parque Natural Aizkorri-Aratz, donde hicimos una caminata cuesta arriba hasta un antiguo túnel natural en la montaña. Está a casi mil metros de altura y tiene unos cincuenta metros de largo, y durante siglos fue el paso obligado para los mercaderes, peregrinos y ejércitos que viajaban por el País Vasco.

Del otro lado del túnel nos encontramos a un tipo medio raro, que andaba dando vueltas por el monte a los saltos y buscando algo entre los yuyos y las piedras. Sin que se lo preguntáramos, nos quiso mandar para cualquier lado, diciendo que el mirador al que nos dirigíamos era muy peligroso. Esa vez no le hicimos caso al local y seguimos adelante, y bien hicimos, porque no era para tanto.

Más tarde, volviendo sobre nuestros pasos, el mismo tipo nos pasó corriendo y nos saludó con un grito, mientras saltaba de cornisa a cornisa para bajar más rápido.

La costa

Era sábado a la mañana, y en el centro histórico de Hondarribia sonaba a todo volumen La vida es un carnaval, de Celia Cruz. Aunque la letra no era exactamente la misma:

⎯Haaay que negociaaar, que el salario no va a alcanzaaar…

Siguiendo el origen de la música, llegamos a la municipalidad de Hondarribia, frente a la cual unas veinte personas de la empresa encargada de los servicios de agua y residuos desplegaban enormes pancartas que decían “Gerencia, siéntate a negociar” y “87 días de huelga”. Además, pasaban su versión de Celia Cruz en bucle, con los parlantes ubicados justo en la puerta del municipio.

Pero Hondarribia es algo más que lucha por los derechos laborales. Como la mayoría de la costa de Euskadi, el balneario fue popularizado desde principios del siglo diecinueve por las clases altas españolas y europeas, quienes llegaron con sus fortunas a construir villas residenciales, hoteles y restaurantes, y desarrollaron el turismo de verano.  

Además de una bonita línea costera, la pequeña ciudad tiene un atractivo casco histórico, con sus tradicionales calles de adoquines, casas entramadas y una antigua muralla que cerca todo el perímetro urbano. Desde lo más alto puede verse la desembocadura del río Bidasoa y, justo al otro lado, la ciudad francesa de Hendaye.

Hondarribia

A menos de treinta kilómetros de Hondarribia está la joya de la costa vasca: Donostia (San Sebastián), el destino turístico más famoso de Euskadi. Ahí sí que se nota la mano de la clase alta, ya que fue la propia reina española María Cristina quien eligió la ciudad como lugar de veraneo de la corte a finales del siglo diecinueve, transformándola en un destino turístico para los ricos. Bajo su influencia se desarrollaron hoteles de lujo, mansiones con vista al mar y grandes avenidas.

La construcción más icónica fue el Gran Casino de San Sebastián, que visto de afuera parece un palacio. Sin embargo, tuvo que cerrar en 1924 por la prohibición del juego, y fue transformado en el Ayuntamiento de la ciudad. Hoy en día, frente al antiguo casino hay un monumento que recuerda a los cuatrocientos donostiarras fusilados por el franquismo.

Donostia-San Sebastián

Nuestro camino por la costa de Euskadi nos siguió llevando por una sucesión de acantilados, playas larguísimas y pueblos pesqueros, que el turismo de verano fue transformando en destinos de moda. El mar en esta zona llega con una fuerza interesante, y permitió el desarrollo de una incipiente cultura del surf, sobre todo en localidades como Zarautz, Zumaia y Sopela.

Zumaia es especialmente famosa porque su playa fue usada como escenario de filmación de Game of Thrones, para la escena donde Daenerys Targaryen desembarca en Poniente. Cerca de ahí, la Ermita de San Juan de Gaztelugatxe también apareció en la popular serie de HBO, representando el ficticio emplazamiento de Rocadragón. Como era de esperarse, estos fueron los lugares donde más turistas nos encontramos, especialmente internacionales.

Zarautz
Zumaia
Ermita de San Juan

Manejar por esta zona costera nos obligó a bajar un poco el ritmo, no solo por las constantes curvas, subidas y bajadas, sino también por los muchísimos ciclistas en la ruta. Todos equipados como para el Tour de France, y la mayoría en grupos de diez o quince personas. Esto nos llevó, una vez más, a reflexionar sobre la relación de los vascos con la naturaleza y su cultura al aire libre. Aunque también me hizo pensar en mi lejana Rawson, en la Patagonia, donde el ciclismo y el senderismo también se practican mucho, quizás porque vivir cerca de la naturaleza empuja a la gente a salir. En fin, consecuencias de pasar horas dentro de un motorhome sin televisión ni wifi. 

La ciudad

Era un camino sinuoso entre las montañas, con vistazos esporádicos del mar y algún que otro pueblo de unas pocas calles. Pero, de repente, al doblar una curva nos topamos con una visión que rompía la tranquilidad del paisaje: una planta nuclear. Dos enormes depósitos cilíndricos de hormigón, estructuras metálicas oxidadas y edificios deteriorados componían la instalación, que en medio de esa naturaleza exuberante parecía sacada de una novela distópica.

La Central Nuclear de Lemóniz fue un proyecto del franquismo que comenzó a desarrollarse en los años setenta en la costa de Euskadi. Desde el principio, provocó la oposición de la población, que se manifestó de forma civil, a través de protestas públicas, y también armada, con varios atentados de ETA. Finalmente, el gobierno español abandonó la idea definitivamente en 1984, y ahí quedó el esqueleto de hormigón y acero abandonado entre el mar y las montañas, como símbolo de la resistencia vasca.

Y si de resistencia vasca se trata, la cercana ciudad de Gernika representa un papel trascendental en la historiografía de Euskadi. Es el hogar del Árbol de Gernika, un antiguo roble bajo el cual los señores de Vizcaya (territorio histórico con instituciones propias de los vascos) juraban su mandato. Este ritual representa una idea muy arraigada en los vascos: la existencia de libertades propias y un sistema político diferenciado dentro de la monarquía española.

Por este motivo, la ciudad fue víctima de un tremendo bombardeo por parte de los aliados italianos y alemanes del franquismo, durante el cual se asesinaron a más de dos mil personas y se destruyó un ochenta y cinco por ciento de los edificios. Esto convirtió a Gernika en un símbolo internacional del horror de la guerra, amplificado poco después por el famoso cuadro de Pablo Picasso.

Gernika

Hoy Gernika tiene unos veinte mil habitantes, y se ve tan tranquila y ordenada como sus ciudades vecinas. La Casa de Juntas, donde está el famoso árbol, se puede visitar gratis, lo que también es una constante en todo el territorio vasco. En diez días haciendo cientos de kilómetros en motorhome, fueron escasas las veces que pagamos una entrada, un estacionamiento o una tarifa por pasar la noche.

Siguiendo en esa línea, también pudimos entrar gratis a conocer el Gernika Jai-Alai, un estadio cubierto con capacidad para mil quinientas personas, donde se practican distintas variantes de la pelota vasca. En este deporte tradicional de los vascos se golpea una pelota contra un frontón de cemento hasta poder ganar un tanto. Hay distintas variantes del juego, que más que nada dependen de qué instrumento se usa para golpear la pelota. Puede ser la mano (“pelota mano”), una paleta (“paleta goma maciza”) o una cesta de mimbre (“cesta punta”).

Durante nuestra visita, había un par de adolescentes jugando a la cesta punta, y la velocidad que alcanza esa pelota es tremenda. Según los vascos, puede llegar a ir hasta a trescientos kilómetros por hora, y se lo considera el deporte más rápido del mundo.

El estadio de pelota vasca
El Arbol de Gernika

El punto final del recorrido fue en Bilbao, la ciudad más grande de Euskadi. Era un sábado soleado, y los balcones lucían con orgullo sus banderas del Athletic Club y sus ikurriñas (la bandera vasca). Lo único que le competía en cantidad a los símbolos vascos era la bandera de Palestina, que habíamos visto por montones en toda Euskadi.

Lo más reconocible de Bilbao es el museo Guggenheim de arte contemporáneo, pero en algunos barrios, especialmente en el casco viejo y sus alrededores, sobrevive una escena alternativa que mezcla política, arte y música que se percibe genuina, no decorativa ni armada para el turismo.

Bilbao
“No hay tolerancia para la impunidad del franquismo”

Nosotros nos quedamos en particular con dos pequeñas librerías especializadas en ensayos y literatura vasca donde, para ser sinceros, desconocíamos a la mayoría de los autores. Entre los pocos que pudimos identificar estaba Bernardo Atxaga, quien en 1988 puso a la literatura en euskera en el mapa mundial con su libro Obabakoak. Y en el polo opuesto, Fernando Aramburu, quien en 2016 publicó Patria, uno de los mayores fenómenos editoriales de la literatura en español reciente.

Son dos escritores muy distintos, sobre todo en lo político. Atxaga escribe en euskera y desde una sensibilidad cercana al nacionalismo vasco de izquierdas, mientras que Aramburu escribe en español y es crítico del independentismo. Patria fue recibida con mucho entusiasmo en España, pero con bastante recelo en el territorio vasco.

Con las horas contadas para volver al hotel y abandonar Euskadi, no pude resistirme a comprarle a un mantero una camiseta trucha del Athletic Club, de la época en que los dirigía Bielsa. Un ídolo personal, y una persona con firmes convicciones, que creo debe haber encajado bien en la sociedad vasca. Una sociedad que, como pudimos comprobar a lo largo de tantos kilómetros recorridos, se reconoce en su lengua, en sus montañas, en sus deportes, en su literatura y en su resistencia.

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