Las deudas contraatacan
Si uno miraba mi calendario de enero de 2022 (qué cosa danesa tener un calendario), decía que el lunes 10, por ejemplo, trabajaba de 8 a 11 en el club de tenis, de 11 a 18 en la librería y de 19 a 22 de nuevo en el club. Esa misma semana incluía de diez a doce horas diarias entre ambos trabajos hasta el fin de semana, cuando “solo” tenía cinco horas el sábado y cuatro el domingo. Estaba claro que esa dinámica no podía durar.
Cervantes Boghandel no daba dinero, así que renunciar a mi otro trabajo era imposible. Y menos cuando, a finales de 2021, el club me ofreció pasar a formar parte de la planta permanente de empleados, con un sueldo fijo y estable. El problema, claro, era que la cantidad de horas que iba a tener que trabajar por semana entre los dos lugares se incrementaría a casi sesenta, con un solo día libre, sumado al hecho no menor de tener la cabeza en dos proyectos diferentes, que requerían de toda mi energía.
Bruno pasó a estar en la misma situación poco después, cuando el restaurante brasileño en el que trabajaba le ofreció tomar más responsabilidades. Así entramos en una dinámica de acortar los horarios de apertura, reducir la realización de eventos que pretendían extenderse hasta muy tarde y, en general, de estar siempre agotados, muchas veces frustrados y/o enojados y de terminar yendo a la librería a cumplir horas más que a desarrollar el negocio.
Esto, sin embargo, solo era una parte del problema. Uno no abre una librería para hacerse millonario y sin tener amor a la cultura, pero aun así sostener un negocio cuesta dinero, y en Cervantes los ingresos escaseaban. Al cumplir un año abiertos, nuestro software de contabilidad decía que, de los doce meses de existencia, siete habíamos ido a pérdida, e incluso en los que habíamos ganado el margen había sido muy escaso. Y todo eso sin siquiera incluir nuestro “sueldo” en el cálculo (algo normal en cualquier negocio). Es decir que durante todo un año no pudimos sacar de la librería ni siquiera treinta coronas para tomarnos un café en el bar de la esquina.

El cóctel de falta de tiempo y dinero, como ya dije, nos volvía menos pacientes con algunas situaciones. Sobre todo en los eventos, que pese a todo seguíamos organizando en gran número, pero que casi nunca reflejaban nada positivo en la economía. Nos frustraba especialmente la poca consideración que mostraban algunos de los organizadores, quedándose después de la hora acordada y sin ayudarnos a limpiar y organizar todo de nuevo. Nosotros siempre prestamos la sala de Cervantes sin costo fijo, solo a cambio de un porcentaje del precio del evento, si es que tenía alguno (si no, nada). Quedarnos dos o tres horas pasado el horario de cierre, para vender con suerte algunos cafés y encima tener que limpiar todo solos, empezó a irritarnos más de lo habitual.
Intentábamos comprender las razones de la crisis de ventas, pero no terminábamos de decidirnos. Es decir, faltaban clientes, eso estaba claro, pero, ¿por qué? Guillermo, el editor colombiano, se la pasaba diciendo que los libros estaban muy baratos, pero al mismo tiempo algunos clientes se quejaban de que eran muy caros. Otros decían que nuestra oferta de títulos era muy limitada. Tampoco faltaban los que le echaban la culpa a los viajes: “de diciembre a marzo la mayoría de los latinos se va de Copenhague”, o “en verano no queda nadie en Dinamarca”.
Personalmente, creo que había dos razones de peso para el bajo volumen de ventas. La principal, la popularidad del comercio en línea (te estoy hablando a vos, Am**on) y la dificultad de competir con ellos en precios y comodidad. Y otra secundaria, la facilidad con la que hoy en día la gente puede viajar a España cada pocos meses, donde la oferta de libros es mucho más amplia y económica. Si nos ponemos a pensar, en la época de Rayuela, la anterior librería en español en Copenhague, ninguno de estos dos componentes existía.

Como frutillas del postre, a principios de 2022 Dinamarca entró en un período de recesión bastante inédito en toda su historia, y la crisis energética amenazaba llevar el precio del alquiler a valores bastante más altos tan pronto cambiara el año. Bruno y yo tuvimos que meditarlo durante varias semanas, pero en el fondo la decisión estaba bastante clara: había que cerrar.
Puestos al corriente de la situación, las personas más cercanas a la librería reaccionaron de manera diversa. Muchos se sentían genuinamente tristes por perder ese pequeño espacio cultural latino en la fría capital danesa. Otros, en cambio, parecían tener la receta infalible para salir del pozo, pero bastaba mencionar siquiera la posibilidad de sumar esfuerzos económicos para que no dijeran ni una palabra más.
Muchas veces, con el famoso “diario del lunes”, uno empieza a pensar que debería haber hecho esto o aquello para que las cosas fueran distintas, pero en este caso, varios años después de haber cerrado Cervantes, la verdad es que todavía no se me ocurre qué otra cosa podríamos haber hecho para sostener la librería desde lo económico. Hicimos promociones de Navidad, Black Friday, semana del libro, San Valentín y cuanta fecha festiva apareciera en el calendario, contactamos a todas las organizaciones civiles y gubernamentales relacionadas con el mundo hispanoamericano que existían en Copenhague, participamos en eventos externos para darnos a conocer (en la Casa Latinoamericana, en la Universidad de Copenhague, en el Comité de Centro América, en la Cinemateket, hasta fuimos a la feria del libro en Malmö, Suecia), realizamos acuerdos con diversas editoriales para tener sus libros en consignación y organizamos más de veinte eventos literarios (la gran mayoría gratuitos). En fin, dimos lo mejor en la medida de nuestras posibilidades y capacidades, así que no tenemos nada para reprocharnos.
Más allá del sabor amargo de cerrar, nos quedó también la satisfacción de habernos animado a llevar a cabo un proyecto tan ambicioso, en un país que no es el nuestro y en el que apenas llevábamos viviendo dos años. La cantidad y calidad de vivencias que tuvimos en esos pocos pero intensos meses de existencia de Cervantes Boghandel no hubieran sido posibles en cualquier otro ámbito de nuestra vida. Como la noche que fuimos a cenar con el divertidísimo poeta mexicano Hernán Bravo Varela; o el día que leí un fragmento del Quijote en la Casa Latinoamericana delante de más de cincuenta personas, entre ellas varios diplomáticos; o la vez que logramos que Irene Vallejo, autora de “El infinito en un junco”, aceptara pasar a firmar libros por Cervantes de un día para el otro; o la invitación que nos hicieron nuestros distribuidores españoles de Celesa para ir a la Feria Internacional del Libro de España, con gastos incluidos (invitación que lamentablemente tuvimos que rechazar por no tener tiempo).

Y, por sobre todo, una de las mejores cosas que nos llevamos de la librería fue la gente que conocimos. Intentar nombrarlos a todos nos llevaría a cometer injusticias causadas por la desmemoria, pero quedamos realmente impactados por el rasgo en común que comparten todos ellos: una pasión enorme y firme por la cultura latinoamericana, que cada uno cultiva desde su lugar, en los tiempos y en las condiciones que puede. Gente que traduce literatura latina al danés, que escribe libros, que hace música, que organiza eventos para difundir nuestra cultura, que promueve espacios de debate y reflexión y un largo etcétera. Y la mayoría (o todos) ellos, lo hace en su tiempo libre, después de cumplir con otro trabajo formal y, en algunos casos, con sus obligaciones familiares.
Un sábado de finales de octubre de 2022, quince meses después de haber abierto, Cervantes Boghandel bajó sus persianas por última vez. La vida siguió su curso, y a los pocos meses, en el mismo local, abrió una peluquería, el negocio más rentable de la ciudad (solo en esa cuadra había tres). Todavía nos quedan algunos libros, bolsas y señaladores por ahí, testigos del paso fugaz de nuestra librería por este mundo. Y ahora, también, nos quedan estas crónicas.










Siempre es bueno intentarlo. Es avanzar en el camino.