Hace muchos años viajé al norte argentino con mi familia, y de forma obstinada me negué a mascar hojas de coca en el Tren a las Nubes. La consecuencia fue que, cuando llegamos al viaducto La Polvorilla, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, me descompensé y me tuvieron que asistir con un tubo de oxígeno.
Con este recuerdo en mente, acepté todas las sugerencias del guía Raúl para combatir el mail de altura mientras salíamos de Arequipa y empezábamos a subir, adentrándonos en la cordillera de los Andes. Mascar coca era la principal, pero también recomendaba tomar té de coca, comer chocolate con mucho cacao y oler agua florida, una especie de perfume bastante fuerte que despeja las vías respiratorias.



El tour de dos días al cañón del Colca estaba bastante bien, y Raúl nos iba contando muchas cosas interesantes. Como que la fibra de vicuña, un animal parecido a la llama que veíamos de a cientos al lado de la ruta, es la tela más cara del mundo, con suéteres que pueden costar cinco mil dólares. O en otro momento, cuando nos cruzamos a un tren de carga, nos explicó que transportaba la producción de las muchas mineras que operan en la zona, las cuales constituyen una de las principales actividades económicas del país.
⎯Varias de las mineras son extranjeras ⎯añadió⎯. Muchas chinas.
Miradas espantadas recorrieron el interior de la trafic, donde todos eran europeos menos nosotros. Murmullos de indignación. Curioso: no se escuchó ni “mu” cuando contó la cantidad de oro que se robaron los españoles.


Cerca del mediodía llegamos a Patapampa, el punto más alto del día, a 4900 metros. Caminar cinco minutos por una pasarela para ir al baño me llevó un esfuerzo titánico, que me dejó sin aliento y con un fuerte dolor de cabeza que perduró por el resto del día. Recién el ibuprofeno que me tomé a la tarde y otra parada del tour, en los baños termales de Chivay, ayudaron a que se me pasara un poco. Pero seguía sintiendo que solo podía moverme en cámara lenta.
Después de las termas nos dejaron en el hotel, sin lujos, pero con todo lo necesario. El único problema era que la habitación estaba helada, y no había calefacción. Como aprenderíamos durante el resto del viaje, esto es parte de la dura vida en el altiplano. Cuando cae el sol hace mucho frío, y casi nadie tiene calefacción porque en la zona no hay gas natural ni madera, y la electricidad es carísima. Por suerte la cama del hotel tenía unas cinco mantas gruesas de lana, así que dormimos calentitos bajo un placentero peso de diez kilos.
Al día siguiente madrugamos, una vez más, para seguir con el recorrido por el valle del Colca. Es una zona en plena cordillera de los Andes conocida por sus paisajes, sus pueblos tradicionales y, sobre todo, por el profundo cañón que el río Colca fue excavando durante miles de años. Aunque mucho menos presente en el imaginario popular, el cañón del Colca es casi el doble de profundo que el famoso Gran Cañón del Colorado en Estados Unidos.



Pero más allá de los paisajes, lo que atrae a la mayoría de los visitantes es la posibilidad de ver de cerca a uno de los símbolos de los Andes: el cóndor. Es una de las aves más grandes del mundo, con un tamaño que puede alcanzar los tres metros cuando despliega las alas. No suelen encontrar comida todos los días, así que aprovechan las corrientes de aire del cañón para planear sin mover las alas y guardar energías.
Estuvimos casi una hora viendo volar a los cóndores por el cañón. A veces tirándose en picada, muchas planeando, y otras tantos levantando vuelo vertical a metros de nuestras cabezas. Un espectáculo sublime.


La vida sobre el agua
El traslado a Puno fue difícil por varias razones. Primero, porque estábamos en medio de la nada, con lo cual era imposible tener señal y seguir la final del Mundial (por lo que terminó siendo, no nos perdimos de mucho). Pero, sobre todo, por el brusco cambio de altitud (subimos mil quinientos metros en media hora) y el traslado constante sobre los cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Aunque llevábamos ya un par de días en la altura, mi cuerpo no quería saber nada y decidió que iba a tener náuseas y un persistente dolor de cabeza todo el día.
Nada que más ibuprofeno, té de coca y chocolate no pudiera remediar. Así que al otro día amanecí un poco mejor, justo a tiempo para navegar por el Lago Titicaca. Es el lago navegable más alto del mundo (tres mil ochocientos metros) y está en el sur de Perú, compartiendo frontera con Bolivia. Es tan grande que durante más de una hora navegamos a buena velocidad sin siquiera salir del pequeño lago interior.



La primera parada fue en las islas Uros, una serie de islas artificiales flotantes donde viven casi dos mil personas. Los Uros son una comunidad que desde hace cientos de años construyen sus propias islas con totoras, una especie de junco muy abundante en la región. Cada grupo familiar tiene su propia isla, que anclan al fondo del lago como una balsa, y que pueden mover cuando es necesario.
Los Uros viven en unas condiciones bastante precarias, pero la cosa va mejorando. Ya tienen energía solar y lanchas a motor para ir a la ciudad, y el gobierno peruano mantiene dos jardines de infantes y dos escuelas para la comunidad en el lago (para ir a la secundaria ya tienen que ir a la ciudad de Puno, en la costa). Y aunque todavía siguen pescando y cazando aves, la principal actividad económica de los Uros hoy en día es el turismo.



Tras otro buen trecho de navegación desembarcamos en Taquile, una isla más grande y “convencional”, donde vive otra comunidad de dos mil quinientas personas, especialmente conocida por sus tejidos. La sociedad de la isla está basada en el trabajo colectivo y en un estricto código moral basado en tres leyes básicas: no robar, no mentir y no ser vago.
Al igual que los Uros, su economía actual se basa mucho en el turismo, pero también en la pesca y en el cultivo de la papa. Pero a diferencia de los Uros, la población de Taquile es estable, mientras que la comunidad de las islas flotantes tiende a desaparecer, porque sus habitantes eligen cada vez más mudarse a la ciudad.


Como dato “curioso”, la isla se llama Taquile porque un español con ese nombre se la compró al rey de España en el siglo dieciséis… Para entendernos: el rey, un tipo que en su vida pisó Perú (ni Latinoamérica valga el caso), vendía tierras a miles de kilómetros de distancia como si fueran suyas, solo porque un compadre de su misma nacionalidad había declarado que eso era parte de su reino. Sin comentarios.
Por si necesitábamos más ideas para enardecernos, esa tarde en la Plaza de Armas de Puno conocimos a Pedro, un hombre mayor medio irascible que se sentó a darnos charla. Primero quiso molestarnos con la final perdida del Mundial, pero enseguida pasó a alabar a San Martín y a despotricar contra Milei. Odiaba a los ricos, y estaba convencido de que a varios políticos habría que colgarlos. Antes de despedirnos, quiso saber nuestros nombres:
⎯Facundo ⎯dije, después de Ro.
⎯Mmm. ⎯Puso mala cara. ⎯Como el libro de Sarmiento.
⎯Sí, pero más como un homenaje a Facundo Quiroga.
Los gestos se le relajaron. Esbozó una sonrisa.
Seguía insultando en voz baja cuando nos fuimos.










Muy bueno. Sigo viajando por Peru.