El norte invencible

Después de que los vietnamitas expulsaran a los franceses en 1954, los yankis aparecieron como “mediadores de la paz” y Vietnam terminó dividido en dos, como una forma de frenar el comunismo, que acechaba desde el norte. Aunque esta frontera hace tiempo que desapareció, tras salir de Hué en tren rumbo a Ninh Binh entramos en lo que en su momento fue “el terror rojo del norte”, o como a nosotros nos gusta pensarlo, el territorio de la gente con más aguante del mundo. Pero más allá de la belleza poética de la revolución, hablemos de bellezas terrenales.

Las mejores vistas de Vietnam

Ninh Binh es una pequeña ciudad ubicada cien kilómetros al sur de Hanói, que no tiene demasiada importancia ni grandes atractivos. Lo relevante de este lugar está en los alrededores, ya que desperdigados por la provincia del mismo nombre se encuentran algunos de los mejores paisajes de Vietnam.

Nosotros elegimos hospedarnos en el cercano pueblo de Tam Coc, que es un reducto bastante turístico y mejor situado respecto a los principales atractivos de la provincia. En el hotel, como en el resto del país, nos recibieron a cuerpo de rey, con esa amabilidad más allá de todo límite que fascina a muchos occidentales, acostumbrados a esperar media hora para que les sirvan un café quemado en sus países de origen.

Tan educados (o sumisos, según como se quiera verlo) son los vietnamitas, que hasta soportan sin chistar situaciones que a nosotros nos parecen de lo más indignantes. El mejor ejemplo lo vimos durante el desayuno en el hotel de Tam Coc, cuando un tipo apareció vestido con una camisa diseñada como la bandera de Estados Unidos y la leyenda: “Soy un veterano [de guerra]. Creo en Dios, la familia y el país. Respeto a mi bandera. Soy un orgulloso Americano [estadounidense]”.

Mientras nosotros nos atragantábamos con el café, el señor se paseaba muy ufano sin que nadie le dijera nada, aunque no éramos los únicos que le dirigían la mirada. ¿Qué decir de estos especímenes? Masacraron un país entero, dejando consecuencias irreversibles, y encima tienen la desfachatez de vestir semejante cosa mientras visitan ese mismo lugar. A mí me daría calor el mero hecho de visitar Vietnam siendo “americano”.

Pero en fin, nosotros viajamos a la provincia de Ninh Binh para ver sus maravillas naturales, no para indignarnos por octogésima vez con los yanquis, así que luego del agradable desayuno nos tomamos un Grab a Hang Mua, un complejo de pequeñas cuevas en la base de una montaña. La realidad es que nadie va ahí por las cuevas, sino por el impresionante mirador en lo alto de la montaña, quizás el más famoso de todo el país. Eran “apenas” quinientos escalones, pero hacía 45 grados y el sol caía en vertical sin una nube a la vista, así que llegamos literalmente empapados. Sin embargo, el esfuerzo valió mucho la pena, ya que la combinación de las montañas de piedra, los verdes arrozales y el río Sào Khê serpenteando entre los campos es increíble.

La siguiente parada, Grab mediante, fue en un complejo llamado Trang An, desde donde salen cientos de botes a remo que llevan a los visitantes en un paseo por el río, entre las enormes y verdes montañas. El recorrido no estuvo mal, y el lugar es espectacular, pero dos horas en el bote se nos hicieron un poco largas. Luego de la fascinación inicial el paisaje cambia poco, además de que se avanza bastante lento, lo cual nos llevó a plantearnos la pregunta de por qué poner a una persona a remar para cuatro (en nuestro caso, una mujer bastante menuda que superaba los cincuenta años) en vez de usar un pequeño motor eléctrico o algo parecido, que no contamine y sea menos demandante para los trabajadores. Por supuesto, tampoco estamos para vociferar a los cuatro vientos que es un trabajo indigno y que debería abolirse, ya que posiblemente sea menos duro y mejor remunerado que, por ejemplo, trabajar en los campos de arroz, la ocupación habitual para la mayoría de los habitantes de la provincia de Ninh Binh antes de la llegada del turismo. ¿Cómo era qué se llamaba esa sección de las preguntas sin respuesta del blog?

Con apenas veinticuatro horas para recorrer la zona, lo poco que nos quedaba de tiempo lo utilizamos para visitar Bai Dinh, el complejo de templos más grande del país. Es un sitio enorme, con estatuas de quinientos arhats (Buda iluminado) y un Buda de bronce de cien toneladas, aunque lo mejor es el emplazamiento, en un terreno de colinas lleno de vegetación con, para varias, vistas para las que ya no tengo adjetivos. La mejor de estas vistas se obtiene desde el doceavo piso de la torre Báo Thiên, una construcción con forma de pagoda a la cual se puede subir por ascensor. Nuevamente no tengo adjetivos para describir la alegría que nos provocó descubrir esto, mientras la temperatura se mantenía estable en 45 grados.

Las aldeas ancestrales

Mientras volvíamos al hotel luego de otra noche desenfrenada comiendo rollitos de verdura en el barrio antiguo de Hanói, recibimos un mensaje que nos dejó helados (figurativamente, ya que la temperatura era de 42 grados): “El crucero a la bahía de Halong de mañana se ha cancelado por una alerta de tifón en el área”. Tras confirmar la noticia con el operador turístico del hotel, nos pusimos manos a la obra para reorganizarnos, adelantando el viaje a Sapa y dejando la bahía de Halong como una posibilidad para los últimos días.

Sapa es una ciudad entre las montañas en el norte de Vietnam, a menos de treinta kilómetros de la frontera con China. Al estar emplazada en un terreno tan elevado (unos 1500 metros sobre el nivel del mar), la temperatura baja drásticamente, con lo cual nos encontramos vistiendo pantalones largos y buzos por primera vez en dos semanas.

Tras bajarnos del colectivo en una oscura calle secundaria, nos sorprendió sobremanera llegar al centro de Sapa y encontrarnos decenas de hoteles y lugares para comer adornados con unos enormes carteles de neón. Si bien Sapa es turística desde principios del siglo veinte (a los invasores franceses les encantaba ir al norte a respirar el aire puro de la montaña), fue a partir de 1993 que comenzó a crecer el negocio de manera espectacular, cuando Vietnam decidió abrir el país por completo a los visitantes extranjeros.

Sapa

La actividad principal en la zona es caminar por algunos de los miles de senderos en las montañas, entre zonas de jungla, valles con pequeñas aldeas y terrazas de arroz. Nuestra primera parada fue en una aldea llamada Cat Cat, o mejor dicho “ex aldea”, ya que al día de hoy no parece vivir nadie de verdad, sino que es solo un rejunte de negocios uno al lado del otro que venden exactamente lo mismo. Para circular por Cat Cat hay que pagar una entrada y, además de comprar, se pueden alquilar vestidos tradicionales de etnias locales, jugar con espadas, arcos y flechas de madera, subirse a hamacas gigantes, pagar un extra por sacarse fotos sobre un puente o bajar al río, etcétera.

Cat Cat a pleno

A pesar de nuestro espanto progre, la aldea estaba llena de gente que parecía pasarla lo mar de bien, sacandose fotos en los “spots” especialmente decorados como cervecería de clase media argentina. Una curiosidad: el 99% de los visitantes de Cat Cat tenía rasgos que podríamos llamar “asiáticos”, pero en cuanto nos alejamos de ahí para internarnos en los senderos de la montaña la proporción cambió y la gran mayoría pasó a ser “occidental”.

Los más de veinte kilómetros que caminamos por los alrededores de Sapa no tuvieron desperdicio. Y si bien el paisaje debe ser espectacular en cualquier época del año, en pleno julio tuvimos el privilegio de ver los arrozales muy verdes, ya que todavía faltaban algunos meses para la cosecha, en noviembre.

El segundo día en Sapa amaneció con una lluvia torrencial que nos obligó a cancelar la visita al Fansipan, la montaña más alta de Vietnam. Sin saber muy bien cómo pasar las horas en la ciudad, abrimos nuestro paraguas y salimos a caminar por el centro, solo para encontrarnos con otros visitantes que parecían estar igual de desorientados que nosotros. Más que satisfechos con nuestro recorrido en Sapa a pesar del clima, nos sentamos a tomar un café y a prepararnos para la última visita en Vietnam. Aquella que, en boca de la mayoría, también sería la más increíble.

La bahía del dragón

Aunque el clima seguía gris y amenazante de lluvia, no había tifón a la vista y, a nuestro regreso de Sapa, pudimos por fin emprender camino rumbo a la bahía de Halong. El itinerario empezó a las ocho de la mañana, con un colectivo que nos pasó a buscar por nuestro hotel de Hanói para, luego de tres horas y media de viaje (y previa parada en un mercado de perlas -?-), depositarnos en el puerto de Halong, lleno de pequeños cruceros. Allí, los miles de turistas fuimos asignados a las distintas embarcaciones, variables en comodidades según la cantidad de divisas que previamente había abonado cada uno. La navegación de dos días en crucero por la bahía es la forma más típica para hacer la visita.

Nuestro crucero estaba muy bien. En el primer y segundo piso estaban las habitaciones, en el tercero el restaurante y un pequeño deck, y en el techo otro deck un poco más grande, con reposeras para tumbarse al sol, aunque éste brillaba por su ausencia detrás de gruesas nubes. La habitación tenía una cama gigante, balcón privado y baño con jacuzzi. Y antes de que empiecen a llamar pidiéndonos guita porque crean que nos hicimos millonarios, quiero aclarar que Vietnam es realmente muy barato.

No tuvo que pasar mucho tiempo luego de que el barco se pusiera en marcha para empezar a apreciar la belleza de la bahía de Halong. Además del agua verde, el paisaje incluye miles de islotes de piedra caliza en varias formas y tamaños, que se extienden por todas partes hasta perderse en el horizonte. Según la leyenda, la bahía fue creada cuando un dragón descendió de los cielos para ayudar a los vietnamitas a pelear contra los invasores chinos, y al caer al mar agitó la cola, de manera que ésta golpeó la tierra y ocasionó profundos valles y grietas. En vietnamita, Halong significa “dragón descendente”.

Luego de un almuerzo buffet, no nos dieron tiempo de dormir la siesta y nos llamaron por los parlantes a cubierta para hacer la primera excursión del día. Como el crucero era muy grande para acercarse a tierra, tenía su propia balsa a motor, con la que nos condujeron a la isla de Bo Hon. Tras subir unos pocos tramos de escalera pudimos visitar una cueva, con distintas cámaras que se iban ensanchando y que presentaban curiosas formas rocosas, creadas a partir de la erosión constante del agua.

Desde Bo Hon nos llevaron directamente a Dao Titop, otra isla, con un mirador en lo alto de la montaña y una playa de arena blanca. Y aunque hacía un calor tremendo y la playa se veía muy apetecible, nos obligamos a subir al mirador primero. Hicimos bien, porque desde arriba se obtenía una vista de 360 grados de la bahía de Halong, que junto a la aparición del sol entre las nubes nos ofreció una postal inolvidable. Después de eso, la playa fue una recompensa más que merecida.

Una vez de vuelta en el crucero, amarrado entre decenas de otras embarcaciones en una zona de espectaculares islotes, las actividades no se detuvieron. Apenas unos minutos libres para darse una ducha, y luego asistir a la clase de cocina vietnamita en el deck, la cual resultó ser un fiasco, ya que apenas se limitaron a mostrar cómo hacer rollitos de verdura con papel de arroz. En contrapartida, el atardecer fue hermoso, y gracias a que las nubes se habían abierto bastante tuvimos la oportunidad de ver el cielo teñirse de rosa antes de que el sol desapareciera en el mar.

Después de una cena de cinco platos (¡había ostras! Primera vez en nuestras vidas, claro), Ro se aventuró a la pesca nocturna de calamar, pero tras pasar un rato sentada aburrida con la caña sin que nada ocurriera, una empleada del barco le terminó confesando que no era temporada de calamar y que resultaría imposible sacar nada. Frustrada, sopesó la posibilidad de sumarse a la última actividad de la noche, el karaoke, pero lo desechó tras pasar por el restaurante y ver que solo los empleados vietnamitas del barco estaban presentes. Respecto a esto, durante nuestros días en Vietnam nos llamó la atención la fascinación de los vietnamitas por el karaoke. Los vimos haciéndolo en muchas casas particulares, en restaurantes y hasta en la calle, desde Hoi An hasta las aldeas de las montañas cerca de Sapa.

Tan grande era nuestro compromiso con el crucero que hasta madrugamos a las seis de la mañana para una sesión de taichí en la cubierta, que fue suspendida por la lluvia, a pesar de que pudimos atisbar que en otros cruceros vecinos sí se estaba haciendo. Al menos sí pudimos realizar el paseo en kayak, incluso bajo un aguacero que nos dejó más empapados que si hubiésemos recorrido la bahía nadando. Un poco tristes tras la última actividad de la excursión, tuvimos que consolarnos con un desayuno buffet y un brunch ligero, antes de atracar otra vez en el puerto de Halong y aceptar que el viaje empezaba a terminar.

A estas alturas ya estarán sospechando que Vietnam nos gustó bastante, por no decir que nos pareció un país increíblemente hermoso, con gente súper amable y una de las historias de lucha más perseverantes y valientes del mundo, llevándose puestos a cuatro imperios invasores de forma consecutiva a lo largo de cuarenta años.

Y aunque no tenga nada que ver con cruceros ni campos de arroz, quiero cerrar esta serie de notas citando una frase del General Võ Nguyên Giáp, un militante sin formación militar que lideró las grandes victorias de su país en las distintas guerras por su independencia, y quien es considerado un héroe nacional a la altura de Ho Chi Minh.

“Nací en una colonia donde mis padres soñaban con ser libres, aunque jamás lo vieron. A los treinta, tomé las armas para luchar contra los japoneses, a los que vencimos. A los cuarenta y dos ya expulsamos a los franceses, y fuimos libres por fin. Pocos años más tarde, nos invadió la primera potencia mundial. Todos nos dieron por muertos, pero resistimos, y fue así que la voluntad inquebrantable del pueblo venció. Ya casi con setenta años, requirieron de mis servicios por última vez para frenar una invasión de China. Vencimos otra vez, en la irrenunciable búsqueda de un mundo donde toda opresión desaparezca. Mi vida fue dedicada a la guerra, para que todas las generaciones futuras crezcan en paz y libertad”.

Vietnam, una maravilla en todo sentido.

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