Un punto en el mapa

Hay un capítulo de Los Simpson en el que Bart hace girar el globo terráqueo y lo detiene con el dedo para elegir a dónde va a hacer una llamada telefónica. Y aunque estuvimos lejos de usar el globo, nuestra pequeña incursión en Letonia tuvo algo de ese azar. Teníamos tres días libres para viajar, con lo cual había que buscar un destino cercano, en lo posible con un vuelo sin escalas, con horarios acordes para aprovechar el poco tiempo y en el que no hubiésemos estado antes. Por más que hay muchos lugares que nos gustan alrededor del mundo, siempre nos atrae más visitar sitios nuevos. Y así fue como Riga apareció en el mapa.

Las primeras consecuencias de la decisión no fueron positivas. Laura, una letona que trabaja con Ro, se mostró consternada al enterarse de que habíamos comprado un pasaje para visitar su país natal.

—¿Por qué hicieron eso? —fue su primera reacción.

Ro sonrió, algo incómoda, e intentó mantener la buena onda:

—¿Me recomendás algo en particular?

—Sí, cambiar el pasaje.

Es cierto que a los expatriados, en general, les gusta quejarse de lo malos que son sus países, pero Laura exagera. Decidimos no volver a consultar letones y mejor investigar en Internet.

Riga

A última hora de un jueves llegamos al aeropuerto de Copenhague con el tiempo justo de comprar un sandwich y subirnos al avión. Y como entretenimiento extra a bordo, mientras dábamos unos mordiscos a ese simulacro de cena vimos cómo personal de la aerolínea obligaba a un pasajero completamente borracho a bajarse antes del despegue.

Apenas una hora de vuelo después aterrizamos en Letonia, ese pequeño país al otro lado del Báltico enclavado entre Estonia y Lituania y, por supuesto, vecino de Rusia, con quien comparte más historia de la que los letones están dispuestos a admitir. Claro que mientras salíamos del pequeño aeropuerto de Riga no sabíamos nada de eso. De hecho, no sabíamos casi nada. Sí, Letonia había formado parte de la Unión Soviética, ¿y qué más? No es raro tanto desconocimiento. El nexo entre el mundo letón e hispanoparlante es casi nulo, e incluso el propio país enfrenta graves problemas de subsistencia: desde que entró a la Unión Europea perdió casi un veinte por ciento de su población, que se fue a trabajar a naciones más prósperas del bloque.

Quizás por eso no es de extrañar que una de las primeras impresiones al recorrer Riga fue que parecía bastante vacía. Sin aglomeración de vehículos y con poca gente en la calle, para ser que era un hermoso día de otoño. Apenas un puñado de turistas que, como nosotros, recorrían los dos principales atractivos de la capital: la calle Alberta iela y el Centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En Alberta iela hay una serie de impresionantes edificios art nouveau construidos a principios del siglo veinte, cuando la ciudad era una de las más prósperas del Imperio Ruso. El Centro histórico, en tanto, agrega más edificios a la lista, además de calles empedradas, pequeños pasadizos y algunas iglesias interesantes.

Fuera del casco antiguo ya no hay tanto para ver. El art nouveau deja lugar a fachadas más modestas y poco conservadas, y también a algunas construcciones antiguas de madera. Además, hay muchos terrenos baldíos que, aunque limpios, le dan a la ciudad un aspecto desolado y abandonado. Lo más interesante en esta “otra” Riga son algunos parques, que por la época del año estaban teñidos del amarillo otoñal, el canal que desemboca en el río Daugava, que divide a la ciudad en dos, y algunos (pocos) vestigios de la época soviética. Unas horas en Letonia alcanzan para entender que los rusos no caen nada bien. En todos lados solo se habla de “ocupación” para referirse a los años comunistas, y en un referéndum reciente la gran mayoría de la población rechazó incluir el ruso como segundo idioma oficial, aunque un 37% lo tiene como lengua materna.

Pero como somos testarudos, igual buscamos algo que hubiera quedado, más allá de las pocas iglesias ortodoxas rusas que sobreviven en Riga, el Museo de la ocupación de Letonia y el Museo de la KGB. Así nos enteramos de la existencia del Padomju slepenais bunkur, o “Búnker secreto soviético”. Y aunque los camaradas tuvieron la deferencia de poner la ubicación en Google y abrir una página web, llegar tuvo sus inconvenientes.

El búnker está en el medio del Parque nacional de Gauja, una enorme y pintoresca área protegida cubierta de bosques y colinas y atravesada por el río Gauja, que le da su nombre. Así que planeamos la visita histórica en combinación con la naturaleza, para aprovechar mejor el día. El sábado nos levantamos temprano, tomamos el tren a Sigulda, la ciudad que funciona de puerta de entrada al parque, y desde ahí caminamos unos diez kilómetros por distintos senderos. Como teníamos un horario específico para visitar el búnker (solo se puede entrar con un guía), dos horas antes nos pusimos en marcha para llegar.

Primero tomamos un colectivo para volver a Sigulda, ya que nos habíamos alejado bastante. Lo de “colectivo” es un decir, ya que se parecía más a una de esas marshrutka que todavía circulan por Siberia, aunque en el caso de Letonia están bastante mejor conservadas, te dan boleto y no hay que empezar a los gritos para avisarle al chofer que te querés bajar. De vuelta en Sigulda, caminamos un par de kilómetros hasta una parada de colectivos en la ruta, donde tomaríamos una línea que nos llevaría a Augšlīgatne, una muy pequeña aldea desde donde todavía tendríamos que tomarnos otro transporte para llegar al búnker. Este complicado itinerario tiene sus razones: 1) vive muy poca gente en la zona; 2) pocos turistas visitan el país, y aún menos van a un búnker soviético secreto; y 3) ¡es un búnker soviético secreto! Se supone que sea complicado llegar.

La cuestión es que esperamos casi cuarenta minutos y el dichoso colectivo nunca apareció. Y si bien teníamos tiempo, ya no llegábamos a alcanzar el otro transporte en Augšlīgatne, que tenía, y no exagero, cinco frecuencias al día. Derrotados, no nos quedó más remedio que desandar el camino a la estación de tren de Sigulda y volver a Riga, para ahogar nuestras penas en una confitería local.

Pero ya dije que somos testarudos.

Parque Nacional Gauja

Al otro día decidimos volver a intentarlo. Viajamos directamente desde Riga a Augšlīgatne, con margen suficiente para tomar el único colectivo que podía llevarnos en horario al búnker. A la hora señalada apareció, por supuesto, una marshrutka, que nos llevó por un camino de granjas y aldeas en el bosque hasta Skalupe, un pequeño caserío rodeado de árboles que alberga el Centro de rehabilitación Ligatne, una especie de hotel para pacientes con traumatismos severos que necesitan algún tipo de tratamiento complejo para recuperarse.

¿Y qué tiene que ver un centro de rehabilitación con el búnker? Ya dije que era “secreto”, ¿no? ¿Y qué mejor lugar para usar de fachada de un refugio de guerra que una institución sanitaria? Un lugar donde la cancha de básquet en realidad estaba pensada como helipuerto, los árboles cubrían los respiraderos y cuya escalera no bajaba a ningún depósito, sino que era la entrada principal al búnker subterráneo, construido a principios de los ochenta para albergar hasta a doscientos cincuenta miembros de la elite soviética en caso de ataque del bloque capitalista. Todo esto nos enteramos a través de nuestra guía letona, que nos llevó, junto a unos simpáticos estonios, a recorrer las habitaciones, oficinas y salas de comunicación del búnker, que conserva todo su equipamiento original y que nunca llegó a ser usado.

El centro de rehabilitación que hacía de fachada del búnker
Y nueve metros bajo tierra…

La guía resultó ser una atracción en sí misma. Una letona que andaría por los cincuenta años, con unos comentarios bastante ácidos. De entrada nos retó porque nos habíamos unido a la visita dos y cinco (empezaba a las dos), aun cuando habíamos llegado en el único colectivo posible y habíamos perdido tiempo haciendo la cola para pagar.

—Llegaron tarde porque son argentinos. Es normal —sintetizó.

Acto seguido nos sentó a todos, y mientras esperábamos nuestro turno para bajar al búnker (primero iba un nutrido grupo de letones) empezó una especie de interrogatorio.

—¿Y ustedes cómo vinieron a parar a un búnker soviético en Letonia?

—Bueno, nos interesa la historia y…

—Ah, si es por historia acá cerca hay un castillo del siglo trece muy bien conservado.

No supimos qué responder a eso, pero no hizo falta, porque enseguida vino la siguiente pregunta.

—¿Saben cuándo se independizó Letonia?

Era una especie de pregunta maliciosa, porque la respuesta más rápida hubiese sido decir “1991”, cuando se disolvió la Unión Soviética, pero en realidad Letonia declaró su independencia por primera vez en 1918, tras la Primera Guerra Mundial. Después vinieron la ocupación nazi, la liberación del ejército rojo y la posterior conversión en una república soviética. Algo habíamos leído al fin y al cabo, así que pudimos responder la pregunta y sorprender a la guía.

El indispensable teléfono rojo, línea directa con Moscú

La siguiente cuestión tenía que ver con el ámbito internacional.

—En Letonia los soviéticos construyeron unos quinientos búnkeres, pero solo queda este. Parecen muchos, pero no es nada en comparación con los setecientos mil que tiene otro país europeo. ¿Saben de cuál estoy hablando?

—Albania —respondimos al instante.

La guía pareció impresionada.

—Veo que alguien hizo los deberes.

Le contamos que habíamos estado ahí, y que por eso sabíamos lo de la gran cantidad de búnkeres. No le compartimos, sin embargo, nuestra reflexión sobre lo absurdo de creer que en realidad hay setecientos mil búnkeres en Albania.

—En Albania —siguió la guía—, había otro dictador, que era un comunista incluso más duro que los soviéticos. Pero no me acuerdo cómo se llamaba.

—Hoxha —acoté.

La guía me miró un segundo y meneó la cabeza.

—Sí, yo tampoco me acuerdo.

No es que tuviera algo personal con nosotros. Los estonios también fueron blanco de sus dardos dialécticos. Durante el recorrido por el búnker la guía lanzó más de una vez comentarios disfrazados de chistes, con una fuerte carga simbólica. Por ejemplo, al enterarse de que el estonio más joven tenía una novia letona, le comentó a los padres:

—Cada vez más se arman parejas de letones y estonios. En cualquier momento deberíamos unir los dos países.

Más tarde, en una sala de mapas, señaló una isla en el Báltico:

—Esta es la isla de Ruhnu. Era parte de Letonia y estuvo cerrada durante la ocupación soviética. Después se la quedaron los estonios, aunque podrían devolverla.

La guía se rió fuerte, pero nadie la imitó. Como corolario, y sigo sin entender a cuenta de qué, señaló un lago en Estonia:

—Los estonios tienen un lago que se llama Pepsi, ja ja ja.

Llegados a ese punto, nuestros colegas turistas sintieron que tenían que intervenir.

—En realidad no es ese —dijo el más joven—. Es este otro. —Señaló un lago mucho más grande y alejado.

—Y no se llama “Pepsi” —acotó la madre—. Es Peipsi-Pihkva järv.

Pese a todo, la visita terminó sin más rispideces y nos despedimos en buenos términos. Eran las cinco de la tarde del domingo, estábamos en un búnker secreto en medio de los bosques de Letonia y teníamos el vuelo para regresar a las diez. Tres días no es ni de cerca tiempo suficiente para conocer un país, pero al menos ya podemos decir que este pequeño Estado báltico no es más un punto anónimo en el mapa. Es Letonia, la tierra de los bosques, el art nouveau y los comentarios punzantes.

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