Segundo acto en Copenhague

Llovía cuando aterrizamos en el aeropuerto de Kastrup, una noche de principios de marzo. Soplaba también un viento huracanado que zarandeaba de tal manera el avión que, incluso cuando se detuvo junto a la terminal, observé entre los pasajeros cruces de miradas de alivio. Es cierto que el clima danés puede ser duro en invierno, pero este año parece que fue especialmente malo. Según las estadísticas, fue la temporada más lluviosa desde 1873.

Tras salir de la manga, caminamos unos quince minutos atravesando enormes salas vacías hasta la zona donde se retiraba el equipaje. Desde allí, una vez recuperadas las mochilas, avanzamos algunos minutos más hasta la estación de metro, que está dentro del mismo aeropuerto. Solo nos quedaba un traslado de cincuenta minutos hasta nuestro destino final: la casa de una islandesa en un barrio a las afueras del centro de Copenhague.

¿Dije Copenhague? ¿Otra vez? En el improbable caso que recuerden la nota sobre la primera vez que estuvimos acá, sabrán que la ciudad no nos pareció ninguna maravilla. Y aunque las segundas partes que superan a las primeras se cuentan con los dedos de una mano (Terminator, Batman de Nolan, Los Simuladores, nuestra segunda visita a Japón), volvimos a la capital de Dinamarca para darle otra oportunidad.

En esta ocasión, nuestro alojamiento es una habitación privada en una casa del tranquilo barrio de Rødovre. Ahí vive Solveig (Sol), una islandesa de 37 años que alquila la propiedad y que a su vez subalquila los cuartos para hacer su negocio. Una práctica curiosa, pero que está bajo el espectro legal del país. Tras pocas horas de conocerla, Sol se ganó un lugar entre los personajes destacados de Días de ruta. Hiperactiva, distraída y amante de los perros (¡tiene tres!), siempre está haciendo planes que nunca va a concretar y recolectando trastos que otra gente ya no quiere (el primer sábado que estuvimos en su casa nos pidió ayuda para buscar un lavarropa que regalaban, el cual tuvimos que bajar tres pisos por escalera). Por lo demás, es muy sociable y siempre está dispuesta a ofrecernos su ayuda en lo que necesitemos. Ah, y si piensan que el clima en Dinamarca no es muy bueno, piensen que Sol se vino de Islandia precisamente porque este país tiene “el mejor clima de Escandinavia”.

Rødovre es un barrio que nos gustó de inmediato. Es una sucesión de casas bajas con amplios jardines y muchos espacios verdes cerca. Está a diez minutos en tren del centro de Copenhague, y a veinticinco en bicicleta, el medio de transporte por excelencia en el país. Desde niños hasta ancianos, todos usan bicicletas. Hay bicisenda en la mayoría de las calles, siempre se tiene prioridad en el paso y hasta se puede llevar en el metro o en el tren. También conlleva sus obligaciones: hay que respetar los semáforos, anunciar los giros con los brazos, mantener siempre la derecha y llevar luces durante la noche, caso contrario te pueden hacer una multa.

Lo de las multas no es para tomárselo en broma. Uno de los primeros fines de semana fuimos a un barrio alejado a ver una bicicleta para Ro. Como yo ya había conseguido, llevamos la mía en el metro. A las dos paradas subió un inspector. Le dimos nuestras tarjetas de transporte, las escaneó y comprobó que estaba todo bien. Después reparó en la bicicleta.

—¿Es de ustedes?

—Sí.

—Pero no pagaron el ticket para llevarla.

De nada sirvieron nuestras súplicas y explicaciones: que éramos unos recién llegados, que no sabíamos, que sería la última vez. Con rostro impasible, llenó un formulario de multa y nos lo extendió. A pasar por caja.

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Vuelta al ruedo

Dinamarca es un país caro. Sin entrar en estadísticas, debe contarse entre los más caros del mundo, aunque sus sueldos lo compensan. Pero para tener un sueldo se necesita un trabajo, así que nos pusimos manos a la obra nada más llegar. Ya habíamos tenido la experiencia de buscar trabajo en el exterior, así que sabíamos que podía demorar y haber complicaciones. Nada de eso. Tres días después de haber aterrizado en Kastrup ya estábamos trabajando.

Yo empecé tímidamente a mandar algunos CVs por email, hasta que un jueves me pasaron una lista enorme de restaurantes, bares y cafés. El envío masivo tuvo su recompensa, y en pocas horas me llegaron algunas respuestas positivas, incluida una del dueño de un restaurant que me quería entrevistar el viernes a la mañana. Cuando me presenté a la hora convenida, me hicieron pasar a una oscura oficina en un sótano, donde me recibió un árabe de aspecto macizo sentado detrás de un escritorio. Hablaba como si le cobraran por palabra.

—¿Edad?

—32.

—¿Nacionalidad?

—Argentino.

—¿Experiencia?

—Trabajé en un restaurant italiano de Melbourne y…

—¿Podés empezar esta noche?

Y eso fue todo. Tuve que sacarle a trompicones qué trabajo se esperaba de mí, cuál era el horario y cuánto era el sueldo. A las cuatro de esa misma tarde estaba en la cocina, listo para empezar. Era un tenedor libre vegetariano libanés (?), y mi tarea era aprender cómo se preparaba todo lo que había en el menú para ir reponiendo cada cosa a medida que se agotara. Una tarea bastante demandante, sobre todo para un iniciado como yo, pero realizable. El problema comenzó cuando, al rato de haber llegado, pregunté hasta qué hora esperaban que me quedara.

—Dos de la mañana —respondió el chef sin inmutarse.

Abrí los ojos como platos.

—¿Y qué horarios voy a hacer en general?

—Ya veremos. Por lo pronto, la semana que viene vas a estar de lunes a sábado hasta el cierre, así no te olvidás nada de lo que vas aprendiendo.

Quizás el método tenía su lógica, pero no vine a Dinamarca para trabajar sesenta horas por semana. Ya lo hice una vez y fue suficiente, no necesito tanto para vivir. Terminé la jornada de ese día y a la mañana siguiente le avisé al chef que ya no regresaba. El tiempo demostró que fue una decisión correcta: el miércoles conseguí otro trabajo, de lunes a viernes y en horas más normales.

El festival de las selfies

En cuanto a Ro, tras no haber enviado más de cinco CVs, la llamaron para una entrevista en un hotel. Fue el jueves y, tras un breve intercambio muy parecido al mío, cerraron con la pregunta:

—¿Podés empezar mañana?

Así que el viernes ya estaba trabajando en la limpieza de un lujoso hotel en el centro de Copenhague. Al final tampoco duró mucho, y a las dos semanas cambió de trabajo. Ahora está en el centro de distribución de H&M, armando pedidos para las distintas tiendas que la marca sueca tiene en el país.

En definitiva, conseguir trabajo fue una de las cuestiones más fáciles de resolver en Dinamarca.

Percepciones

Si aguantaron leyendo hasta acá quizás se pregunten: ¿por qué esta vez Copenhague sí y antes no? Se me ocurren varias razones, algunas de ellas ya exploradas en los párrafos anteriores. Alojarse en un barrio tranquilo y más a nuestra onda como Rødovre, en vez de en el bullicioso Vesterbro. Llegar al final del invierno en vez de en verano, con lo que nos encontramos una ciudad no tan saturada de gente y aun así con buen clima. Disfrutar del hecho de estar asentados y no tener que recorrer todo en 72 horas. Copenhague no es de las ciudades más turísticas de Europa, por lo que se disfruta más en las pequeñas cosas (ir a uno de sus muchos parques, andar en bicicleta, tomar un café en alguna de sus lindas cafeterías) que buscando sitios imperdibles. Además, al tener tiempo para conocer la ciudad podemos prescindir de apresurarnos a visitar los lugares que recomiendan todas las guías (Christiania, la horrenda estatua de la Sirenita, el insulso palacio de la reina), y en cambio elegir otros menos conocidos, pero que nos interesan más.

Todavía quedan cuestiones por resolver. Por mencionar algo, la habitación que estamos alquilando es temporal, y aún no abordamos el aprendizaje del danés. Pero la llegada fue con muy buen pie y el futuro luce prometedor. Aunque digan que las segundas partes nunca son buenas, podemos sumar a Copenhague a la lista de excepciones.

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