Persiguiendo el sueño neozelandés

El sábado a la mañana abandonamos la comodidad de Auckland para aventurarnos hacia el interior de Nueva Zelanda en busca de trabajo. El lugar ya lo teníamos elegido de antemano: se trataba de Hastings, una ciudad de unos 70 mil habitantes en la región de Hawke’s Bay. ¿Y por qué Hastings? Porque según un informe que elabora el gobierno de Nueva Zelanda sobre la demanda de trabajo en el país de acuerdo a meses y regiones, en noviembre Hawke’s Bay es la que tiene mayor oferta laboral.

A bordo de Galadriel recorrimos los 430 kilómetros que separan ambas ciudades, atravesando hermosos paisajes y pintorescos pueblitos en el camino. También vivimos algunas particularidades, como que dos automovilistas nos hicieran la señal universal de fuck you luego de sobrepasarnos en la ruta. Uno tenía razón, porque no le di paso cuando correspondía, pero en cuanto al otro, todavía no entendimos el porqué del fastidio. Como contrapartida, un tercer conductor nos levantó el pulgar cuando le cedimos el paso.

Las pintorescas rutas neozelandesas

Un piquete de ovejas en la ruta. Todo muy normal.

A las cinco de la tarde llegamos a Hastings, una ciudad que en realidad parecía un pueblo, porque no había nadie en la calle y todos los negocios estaban cerrados. Comenzamos a buscar alojamiento, pero todos los hosteles a los que llamábamos o íbamos estaban ocupados, y encontrar casa o departamento durante el fin de semana se preveía bastante complicado. Así que terminamos en un motel (no es el mismo tipo de alojamiento que en Argentina, sino que son habitaciones similares a las de un hotel pero con una pequeña cocina) que no era muy barato, pero sí lo único disponible. El momento de pagar dio pie a un comentario bastante gracioso respecto al dinero que estábamos gastando: “Sale el billete… sale el billete”.

La cuestión es que después de pasar la noche, el domingo comenzamos nuestra búsqueda laboral, postulando a trabajos por Internet y mandando mensajes de texto a contractors (así les dicen acá a los capataces de los campos) de una lista que subieron unos argentinos a Facebook. Entre los pocos que nos respondieron se destacó uno que pidió que lo llamáramos ese mismo día a las diez de la mañana. Ro fue la encargada de hacerlo, pero como no se podía entender con el tipo, nos terminó pasando una dirección para que fuéramos a verlo. Como el contractor hablaba un inglés muy enredado, deletreó la dirección mal, con lo cual no pudimos encontrar el lugar y terminamos en cualquier lado. Así que le mandamos un mensaje para que nos pasara la dirección por mensaje, y como no respondió lo volvimos a llamar. Una vez que tuvimos las indicaciones bien claras, llegamos a un campo y conocimos a Terry, un chino con pinta de malo que era con quien nos estábamos comunicando por teléfono.

De entrada nos avanzó medio enojado.

—Llegaron media hora tarde. Ya empezamos mal la relación.

Pero luego de unos segundos se calmó.

—La verdad es que no me gusta estresarme los domingos.

Nos pidió algunos datos, nos explicó lo difícil que era el trabajo, nos aclaró que en dos horas él se daría cuenta si servíamos y acordamos en ir el lunes a las ocho de la mañana a probar. El momento épico llegó cuando le preguntamos si teníamos que trepar a los árboles para recolectar la fruta.

—¡No! —contestó enojado—. Yo les doy escaleras. You are not monkeys! (“no son monos”). —Suspiró, volvió a calmarse y nos despidió diciendo—: Yo le doy una oportunidad a todo el mundo.

Hastings

En la TV neozelandesa pasan “El secreto de sus ojos”. ¡Conquistamos el mundo!

Contentos por el trabajo obtenido a medias, buscamos un supermercado donde comprar algo de ropa para trabajar, como remeras viejas y sombreros para protegernos del sol. Al otro día a las siete estábamos arriba, listos para encarar nuestro nuevo desafío. Terry nos recibió con mejor carácter que el domingo y nos explicó un poco de qué se trataba el trabajo. Básicamente había que bajar nectarinas de los árboles (una fruta parecida al durazno de la que yo desconocía su existencia) prestando atención a su color, consistencia y tamaño.

Ese primer día no anduvimos muy bien. A cada rato Terry venía a regañarnos y, como estábamos recogiendo frutas muy pequeñas, nos dio un anillo de plástico con el tamaño mínimo que tenían que tener las nectarinas que sacáramos del árbol, para que pudiéramos medirlas. Inmediatamente lo denominamos “el anillo de la vergüenza”, porque solo lo usaban los que no hacían bien el trabajo.

A nosotros el despido nos parecía inminente, pero las horas pasaban y, pese a sus críticas, Terry no nos echaba, con lo cual logramos aguantar hasta las cuatro y media de la tarde y completamos la jornada laboral, con la posibilidad de volver al día siguiente.

El campo de Terry

Terminamos físicamente molidos pero contentos por el deber cumplido. Al otro día volvimos a ir a la plantación y Terry nos dio nuevas tareas para hacer. Completamos otro día de trabajo, y nos dijo que lo estábamos haciendo bastante bien, aunque teníamos que mejorar nuestra velocidad. Firmamos unos papeles y aparentemente quedamos contratados por cuatro semanas. El miércoles trabajamos dos horas hasta que la jornada se suspendió por el diluvio que caía, así que vagamos el resto del día. El jueves volvimos a trabajar día completo y cuando terminamos nos dijo que lo estábamos haciendo muy bien. Viernes y sábado tenemos libre y volvemos a arrancar el domingo.

En cuanto al alojamiento, conseguimos un apartamento mucho más barato que el motel y bastante más cómodo, que alquilamos por una semana. Después decidiremos si renovamos o buscamos otro lugar.

La ciudad es bastante tranquila y nunca se ve mucha gente en ningún lado, razón por la cual algunos argentinos la apodaron “Fantasmahastings”. Pero por ahora a nosotros nos ha recibido bastante bien, tanto que en 72 horas conseguimos casa y trabajo, por lo que podemos decir que el sueño neozelandés está en marcha.

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