Blanca Navidad

Siempre asocié la Navidad con el frío, a pesar de haber pasado casi tres décadas de mi vida en el hemisferio sur, con treinta grados a la sombra los 25 de diciembre. Quizás no sea el único, y podemos echarle la culpa de eso a los productos culturales. Películas, series, libros, historietas; casi todo lo que consumimos viene del norte, donde la Navidad se celebra con dos metros de nieve en la puerta. Así que no es raro que al pensar en esta fiesta se nos vengan a la cabeza chimeneas y gordos enfundados en gruesos trajes polares.

Esta Navidad es extraña entonces porque es la primera que experimento en consonancia con mi imaginario. Y si bien no estoy ni en Londres ni en Nueva York, dos lugares que la cultura popular nos suele vender como la meca navideña, Dinamarca le da una gran importancia a esta época del año. Quizás sea porque el 75% de los daneses son cristianos, o quizás solo para darle un carácter más festivo a los primeros meses del duro invierno escandinavo, pero lo cierto es que a partir de noviembre casi todo en Dinamarca adopta el prefijo jule (“navidad”): julebrug (cerveza), julefrokost (almuerzo), julekalender (calendario), julemanden (Papá Noel), julemarked (mercado), juletog (tren) y así un montón más de jules.

Algunos marcan como comienzo extraoficial de la Navidad en Dinamarca el primer viernes de noviembre, cuando se festeja el J-dag (“día J”). Es una tradición impuesta por la cervecería danesa Carlsberg en los ochenta, en la que sale a la venta la Tuborg Julebryg, una cerveza “navideña” con alta graduación alcohólica, que solo se consigue en la época de fiestas pero que aun así está entre las más vendidas del país. Durante el J-dag la mayoría de los bares suelen ofrecer descuentos y hasta algunas cervezas gratis, y las calles se llenan de gente que sale a empaparse del espíritu navideño de Carlsberg.

Después de algunas semanas de resaca calma, el siguiente paso navideño en Dinamarca es decorar. Se colocan luces en las calles importantes de todas las ciudades, casas y tiendas se llenan de adornos alusivos y en las plazas principales se levanta un enorme árbol de Navidad lleno de luminarias, que por lo general son encendidas en una gran celebración por un Papá Noel subido a una escalera de bomberos.

Papá Noel en acción

Por esa época también aparecen los mercados callejeros navideños. Cada ciudad tiene uno, y en Copenhague se pueden contar fácilmente cinco o seis. Sus puestos de venta ofrecen más que nada cosas comestibles, como chocolates, garrapiñada, turrones, churros (?) y hasta quesos (???). Además hay chucherías varias, por ejemplo medias de invierno, pantuflas, gorros, guantes, adornos y bijouterie. Y al tratarse de Dinamarca no faltan tampoco las bebidas. Están las de siempre, como el café, la cerveza o el chocolate, y se suma el glogg, un vino caliente con especias que es tradicional de la temporada navideña.

Pero el lugar que más en serio se toma la decoración de Navidad en Dinamarca es el Tivoli, el emblemático parque de atracciones de Copenhague. Desde mediados de noviembre todo el predio adopta una estética acorde, con luces por doquier, nieve artificial, Papá Noel (que en Dinamarca no se llama Papá Noel sino Julemanden, es decir “el hombre de Navidad”) sacándose fotos con los niños y hasta un árbol de Navidad decorado con joyas de Swarovski.

Del otro lado del charco (es decir, del Estrecho de Øresund), en Suecia, hay un equivalente al Tivoli donde la Navidad también es un asunto muy importante. Se llama Liseberg, está en Gotemburgo (la segunda ciudad más grande del país vecino) y presume de ser el parque de diversiones más grande de Escandinavia. Tiene una estética bastante similar al Tivoli, aunque un poco más humilde y con un aire algo más medieval. Liseberg solo está abierto los meses cálidos (de abril a octubre), pero hace una excepción algunos días de noviembre y diciembre para desplegar sus luces, su nieve artificial, sus puestos de chocolate y su casa de Papá Noel (Jultomten en la versión sueca, que significa “gnomo de Navidad”).

Tivoli
Liseberg, en Suecia

Los lugares de trabajo, en tanto, se suman a la época festiva con la julefrokost, un evento donde las empresas invitan a todos sus empleados a compartir una comida en algún restaurant o salón de fiestas. En realidad frokost es la palabra danesa para “almuerzo”, pero la julefrokost suele empezar alrededor de las seis de la tarde y puede durar hasta diez horas, durante las cuales se come y se bebe en abundancia.

Lamentablemente, mi trabajo es uno de los pocos que no organizan julefrokost, pero el de Ro sí lo hace. Empezó a las seis en un pub céntrico de Copenhague y había unas setenta personas. De entrada cada uno podía armarse su propio smørrebrød, la comida más típica de la cocina danesa. Es una rebanada de pan de centeno untado con manteca, y distintos ingredientes fríos arriba, como pescado, paté, lechuga, huevo duro y aderezos varios. Para el plato principal las opciones también eran amplias: carne de cerdo, vaca, pollo, pavo, papines y repollo, lo más tradicional de la cocina navideña danesa. 

Además, había alcohol ilimitado toda la noche, con una amplia gama de cervezas, vino, tragos y hasta fernet. Por supuesto, esto produjo ciertas consecuencias en los comensales, en especial una fuerte inclinación a buscar algo de cariño de algún colega para pasar la fría noche de invierno. En cuanto a la música, después de las diez se movieron algunas mesas y se armó la pista de baile. Predominaron canciones de los ochenta y noventa, más algunos hits contemporáneos. ¿Música latina? Danza Kuduro, Waka Waka y Despacito.

Ro celebrando la julefrokost. Mención especial para el excelente suéter del jefe

Y a todo esto, ¿qué se hace en Dinamarca el 24 a la noche, en la Navidad propiamente dicha? Acá ya empiezo a tocar de oído, pero según lo que me contaron algunos daneses con los que me relaciono lo usual suele ser cenar en familia, comiendo algún plato que incluya carne de cerdo, pato, repollo y/o papas. El postre navideño danés por excelencia es el risalamande, que se hace mezclando arroz con leche, crema, vainilla y almendra picada, y se sirve frío con salsa de cereza arriba.

Después de la cena viene quizás la parte más divertida: bailar tomados de la mano alrededor del árbol de Navidad, mientras se canta una canción tradicional. Puede sonar absurdo, pero los daneses se toman las tradiciones muy en serio. Cumplido ese ritual, se abren los regalos y ya todos pueden relajarse. La Navidad terminó, y solo queda esperar el Año Nuevo.

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