Del otro lado del puente

La primera vez que escuché hablar de Malmö fue viendo la serie sueco/danesa Bron | Broen (“puente” en sueco y en danés, respectivamente). Fue la primera serie financiada conjuntamente por Suecia y Dinamarca, y su trama comienza con un asesinato en el Puente de Øresund, que une los dos países. Como la víctima yace colocada precisamente en la frontera, las agencias de policía danesa y sueca deben compartir la investigación. Así conocemos a Martin Rohde, de Copenhague, y a Saga Norén, de Malmö.

Las dos ciudades están a apenas cuarenta kilómetros de distancia, pero separadas por el estrecho de Øresund, que desemboca en el mar Báltico. Fue recién a partir del 2000, con la inauguración del puente, que Copenhague y Malmö empezaron a estar más integradas. El puente tiene casi ocho kilómetros de longitud, más una isla artificial que cubre otros cuatro kilómetros y un túnel de tres kilómetros y medio. En total, es el puente combinado tren-carretera más largo de Europa.

Aprovechar semejante obra de ingeniería, sin embargo, no es para todos. No sé si Saga y Martin tenían algún tipo de abono, pero el resto de los mortales tenemos que pagar la friolera de 450 coronas danesas (60 euros) para cruzar en auto. El peaje está del lado sueco (aunque las ganancias son binacionales), y se compone de unas cuatro cabinas de paso automático (una cámara lee la patente y, si pagaste por Internet o tenés un abono, te abre la barrera), otras cuatro para pagar con tarjeta y una con empleado, para pago manual.

Cuando fui hace poco a Malmö con mis viejos, en el regreso a Copenhague pasamos por la única cabina atendida por seres humanos (ningún otro vehículo se animó a tal proeza), y le mostré el ticket de la ida al empleado, para ver si con eso me eximía de pagar la vuelta.

—Buen intento, pero no —me respondió con una sonrisa—. Hay que pagar cada vez que se cruza.

La buena noticia es que también se puede atravesar el puente en colectivo, y en ese caso solo cuesta diez euros.

Eso sí, vayan en auto o en colectivo (tren también es una opción), no se olviden el pasaporte, porque aunque ambos países son miembros de la Unión Europea, los suecos controlan los documentos apenas uno termina de cruzar el puente. La primera vez que fuimos a Malmö con Ro presenciamos esta conversación entre una oficial de Migraciones y una pasajera del colectivo en el que viajábamos.

—¿A dónde va? —preguntó la oficial mientras examinaba el pasaporte.

—A Suecia.

—Estamos en Suecia.

Eso pasó de verdad.

The Knotted Gun, una escultura contra la violencia, con la forma del revolver que se usó para matar a John Lennon

Con más de trescientos mil habitantes, Malmö es la tercera ciudad más grande de Suecia y la sexta más grande de Escandinavia. Es un lugar que combina muy bien lo moderno con lo tradicional, ya que conjuntamente con sus calles empedradas y casas entramadas exhibe algunas de las construcciones más modernas de Europa. El caso emblemático es el Turning Torso, un edificio que parece sacado de Blade Runner. Fue diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava, y su principal característica es que adopta la forma de una persona girando sobre sí misma. Tiene 190 metros de altura, que lo convierten en el edificio más alto de toda Escandinavia.

La biblioteca de la ciudad también hace su aporte al diseño vanguardista de Malmö. En especial se destaca su sala principal de lectura, con grandes ventanales que dan a un enorme parque, haciendo hincapié en la importancia que le dan los nórdicos a la naturaleza.

En cuanto a lo antiguo se destaca Stortorget, una plaza de piedra rodeada por algunos de los edificios más viejos de la ciudad, como el ayuntamiento, la antigua casa del gobernador y una farmacia, que aún hoy tiene el mismo aspecto que en el siglo diecinueve. En el centro de Stortorget hay una enorme estatua del rey sueco Karl X Gustav, que en el siglo diecisiete conquistó para Suecia la región sur del país, por ese entonces en manos de Dinamarca. Como curiosidad, vale mencionar que Karl X no era el décimo rey sueco en adoptar ese nombre (como se podría inferir de su número), sino que su padre, Karl IX, tomó su numeración de una lista de reyes algo ficticia publicada en un libro medieval, en vez de basarse en fuentes históricas.

¿Qué más hay en Malmö? Lo que podríamos llamar el combo básico de las ciudades escandinavas: iglesias luteranas, grandes parques, varios museos (destaca el “Museo de la Comida Asquerosa”, al que no pudimos entrar), muchas cafeterías y las tiendas más populares de la región, como H&M, IKEA, Flying Tiger y Espresso House (esa cheesecake de caramelo…).

El único punto bajo de Malmö, al menos como fanático de Bron | Broen, es su total falta de referencias a la serie que la puso en el mapa de muchos. Se pueden ver cosas como el restaurant turco donde Saga come un kebab, o la oficina donde trabaja ese insufrible periodista de la primera temporada, pero no hay nada explícito que genere una asociación inmediata con la serie.

Por lo demás, es una agradable ciudad sueca al otro lado del puente.

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