Sueño de una noche de invierno

De chico soñaba con ir a ver el Torneo de Maestros. Por supuesto, jugar al tenis tuvo mucho que ver, pero también recuerdo que me apasionaba leer viejas historias de periodistas que lo habían cubierto en los años ochenta, con dos metros de nieve afuera y veinte mil personas adentro del Madison Square Garden, disfrutando a los ocho mejores tenistas del mundo. Y si bien ya no son los ochenta, el torneo no se juega más en Nueva York y hasta cambió de nombre, el espíritu de la competencia, y mi propio sueño, seguían intactos.

El nuevo Torneo de Maestros ahora se llama ATP Finals y se juega en Londres. La idea es la misma: participan los ocho mejores jugadores de la temporada, divididos en dos grupos de cuatro donde los dos primeros clasifican a semifinales. Lo mejor de todo es que Londres está a dos horas de vuelo de Copenhague, abriendo una gran oportunidad para que llevara a cabo mi anhelo personal.

Comprar entradas para este tipo de eventos deportivos es una especie de salto al vacío. La antelación con que salen a la venta (compré en abril para ir en ¡noviembre!) provoca que no solo sea un misterio a qué jugadores vas a ver en acción, sino también si efectivamente vas a poder asistir. En abril hacía un mes que habíamos llegado a Dinamarca, no teníamos trabajo estable, mucho menos vivienda, y quién sabía en ese momento si un domingo y un lunes dentro de siete meses iba a estar disponible para ver un partido de tenis en el extranjero.

Las cosas se dieron muy bien, y resultó que siete meses después estaba disponible un domingo y un lunes de noviembre para ir a ver el ATP Finals a Londres. Como Ro no había dado el salto de fe con las entradas, embarqué solo rumbo al Reino Unido donde, sin embargo, iba a contar con la inestimable compañía de mi amigo Ignacio, más conocido en las redes como Nacho Z (no exagero con lo de más conocido: al momento de escribir esta nota su canal de YouTube supera los veinte mil seguidores).

Vale aclarar que el asunto no solo salió bien en lo personal, sino también en lo deportivo. Clasificaron tres leyendas del tenis como Federer, Nadal y Djokovic, y algunos de los jóvenes con mayor futuro, como Tsitsipas, Medvedev y Zverev. Además, por primera vez desde el 2015 no se bajó ningún jugador por lesión, algo que suele ser bastante normal.

El domingo fue el día inaugural del torneo. Nos metimos en el subte en el centro de Londres y emergimos a la superficie media hora después en Peninsula Square, un área al norte de Greenwich (sí, el del famoso meridiano) bastante desolada, dominada por el impresionante Millennium Dome, una enorme construcción que parece una carpa blanca, con unas torres amarillas que la sostienen de forma bastante grotesca. No es un canto al buen gusto, pero el lugar es impresionante. Adentro es un shopping con forma circular y dos pisos: electrónica, ropa, comida, entretenimiento. Lo habitual. Pero en el centro de este enorme recinto está el O2 Arena, un estadio cubierto con capacidad para veinte mil personas, que desde que se inauguró en 2007 albergó cosas tan distintas como recitales de Bon Jovi, Michael Jackson y los Rolling Stones, algunos eventos de los Juegos Olímpicos de 2012 y, claro, el ATP Finals desde 2009.

El impresionante Millennium Dome, por fuera y por dentro

En el primer turno vimos a Djokovic arrasar con el italiano Matteo Berretini, que entró al torneo por la ventana, y también un partido de dobles sin demasiadas figuras, pero muy entretenido. Después de esos dos primeros partidos teníamos casi tres horas de espera hasta los siguientes encuentros, así que nos dispusimos a buscar algo para comer. El estadio en sí tenía algunos puestos de ventas, pero a precios acordes a un evento de tal magnitud, en una ciudad ya de por sí cara como Londres. Por ejemplo, una hamburguesa, 10,50 libras (13,5 USD); un pancho, 8 libras (10 USD); una pinta de cerveza, 7 libras (9 USD).

Como teníamos tiempo y ganas de pagar un poco menos, salimos del complejo y buscamos una manera de llegar al centro de Greenwich. Nos perdimos, pero terminamos tomando una lancha por el Támesis que nos dejó a unas pocas cuadras de una zona comercial. Ahí nos metimos a uno de esos hermosos pubs ingleses con nombres grandilocuentes (The Spanish Galleon) y, para hacer honor a la tradición local, nos tomamos una pinta y comimos fish and chips, el plato nacional.

Con la panza llena, volvimos al O2, esta vez en colectivo, para encarar la sesión nocturna. Empezamos otra vez con un dobles antes del plato fuerte: Dominic Thiem contra Roger Federer, ídolo personal de Nacho Z y mío. Lamentablemente, el ídolo personal sería derrotado en dos sets, en lo que fue una discreta actuación que no dejó muy conforme a sus fanáticos.

Más allá del amargo final, el día uno fue muy positivo. Vimos tenis de gran nivel, en un entorno impresionante y con una puesta en escena acorde. Si bien es un torneo muy importante, el ATP Finals tiene algunas cosas que lo acercan a un show, más allá de lo que pasa dentro de la cancha. Había una estética muy cuidada, con una presentación personalizada para cada jugador que incluía música, humo y juego de luces. También había efectos en las pantallas para marcar los puntos importantes, y en los cambios de lado siempre estaban enfocando a las tribunas o pasando fotos que la gente subía a Twitter para aparecer en el estadio.

El lunes vimos aun mejores partidos que el domingo. En primer turno, después del consabido dobles, se enfrentaron Stefanos Tsitsipas y Daniil Medvedev, dos jóvenes con mucho potencial y que además ya tienen una especie de rivalidad, porque no se llevan muy bien. Pero el mejor momento de la tarde no sucedió durante el partido, sino en la entrevista posterior, cuando el griego, un personaje muy verborrágico, empezó a hablar de la historia del torneo y terminó mencionando al anterior sponsor (Barclays), algo que a la gente de Nitto (el actual patrocinador) no le debe haber caído muy bien.

A diferencia del día anterior, nos quedamos a comer en el Millennium Dome y después recorrimos un poco más los alrededores del estadio a ver qué más había para hacer. Normalmente, esta clase de torneos tienen stands con todos los sponsors que ofrecen distintos tipos de entretenimientos, pero en el O2 no había gran cosa. Apenas la posibilidad de sacarse una foto con el trofeo para el futuro campeón, una tienda de souvenirs (remeras, gorras, llaveros y más, todo a precio un poco excesivo) y un sector para probar un juego de tenis con un visor de realidad virtual, cosa que por supuesto hicimos.

Nacho Z y yo con la copa

Nuestro paso por el ATP Finals terminó con otro dobles, en este caso entre los franceses Mahut y Herbert contra los colombianos Cabal y Farah, números uno del mundo y con una ruidosa hinchada que, pese a su entusiasmo, entonaba unos cánticos algo erráticos (“olé olé, olé olá, que mi Colombia va a ganar”). El día finalizó con la aplastante victoria del alemán Alexander Zverev contra el mismísimo Rafael Nadal, que hasta último momento nos tuvo en vilo por su posible no participación, ya que se había lesionado unos días antes. No hubiese sido una rareza, porque el español tiene el extraño récord de haberse bajado del torneo siete veces de las quince que clasificó.

Ya bien entrada la noche, nos unimos a la marea humana que emprendía el largo regreso a casa con una enorme satisfacción. No será Nueva York ni el Madison Square Garden, pero Londres y el O2 están a la altura del Torneo de Maestros. Y si bien la temperatura rozaba los cero grados no tenía frío, porque me acompañaba esa sensación acogedora de haber cumplido un sueño.

Bonus track: el video que Nacho Z hizo sobre el ATP Finals (con mi participación estelar)

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